Claudio Gonzales Vergara: “Pensé que no iba a poder jugar al voley y acá estoy entrenando grupos”

Deporte enero 11, 2022

El jugador de Para Voley conversó con "Algo Interesante" sobre su accidente que casi le cuesta la vida y cómo superó los límites para seguir entrenando.

Claudio Gonzáles Vergara es entrenador del seleccionado argentino de Beach Paravolley, una versión que se juega en canchas de playa, pero con equipos de tres miembros, y funciona dentro del sistema de clasificación Paralímpica.

Respecto a su vida previa al deporte que hoy es parte de su estilo de vida, González Vergara dijo: Mi decisión para entrar en el Arma de Infantería en realidad fue algo medio tirado de los pelos. Mi tío era militar, tenía un departamento en Av Belgrano y Entre Ríos, Congreso, y le facilitaba las cosas a mi familia para poder costearse la carrera. Los fines de semana que salía del colegio militar iba a ese departamento y los gastos se acortan muchísimo. Mi tío me explicó el bicho de la curiosidad por la profesión y me terminó encantando. Mi papá era del Arma de Ingenieros y llegó hasta el Grado de Teniente Primero, era piloto de aviación del ejército, y mi tío era infante hasta teniente Coronel. Cuando entré me querían mandar al Arma de Ingenieros, pero yo no quería y terminé en infantería. Fui cuatro años destinado a la montaña, a Uspallata, después cuatro a Catamarca donde tuve el accidente, luego tres años en Patricios y terminé la carrera en Boulogne. 

El accidente en Catamarca que cambió la vida del jugador. Antes de volver del pase de Uspallata, tenía una cordada de Mendoza cívico militar para subir el volcán Piscis, que tiene un poco menos de altura que el Aconcagua. Como tenía experiencia en montañas, deciden mandarme desde el regimiento para conocer el camino y después poder guiar alguna expedición desde el Regimiento 17 donde estaba destinado al Monte Piscis. Si bien yo estaba entrenado, el tema más importante que a la larga iba a ser un inconveniente era la aclimatación. Yo me iba aclimatando a medida que subíamos, el grupo al que me acoplé ya estaba aclimatado desde Mendoza, venían adaptados a la montaña, pero yo no estaba acostumbrado a tanta altura en ese momento. El primer drama que tuve fue que subí al límite en el tema equipo, conseguí prestado lo que es la vestimenta del cuerpo, pantalones, campera de pluma, mitones, pero lo que no pude conseguir fueron las botas dobles porque las que tenía las regale. Ahí ya subí al límite con lo que conseguí de montaña, más que nada con el tema de la temperatura y el hielo. 

Proceso de rescate y recuperación. La aproximación era muy larga, tuvimos que ir en camión y después empezar a caminar cuando se sale del camino, a los 4500 o 4600 metros. Fueron dos días y medio de marcha hasta los 6000 metros, que es el campamento base. Fueron bastantes días de exigencia, no había agua así que teníamos que derretir, y aparte cargar las botas, carpas, ropa, comida, todo. Teníamos que ir cargando todo porque íbamos de campamento en campamento, el último lo hicimos a unos 6000 metros. El 18 de noviembre de 1994 salimos para la cumbre, había que pasar un Glaciar, mis borcegos se mojaron y me los tuve que sacar, y ahí ya me empecé a atrasar. Cuando el resto hace cumbre, más o menos a las 17 hs, yo estaba a 300 metros, me los cruzo y los conocía de haber estado en el Aconcagua. Deje el banderín y los alcancé, esos 300 metros de montaña fueron de una hora, cuando se asciende por 300 o 400 metros por hora con todo el desgaste encima. Empecé a bajar, y cuando avanzo para alcanzarlos rápido había medio metro de hielo, atiné a los 6700 metros y como llevaba los bastones de sky en la mano no pude ponerlas en el piso, caí, me fisuré el occipital, quedé inconsciente desde las 18 hs hasta las 8 de la mañana que recuperé el conocimiento. Lo que me acuerdo que, no sé por qué pasó y nadie explica, es que me apareció mi amigo Fabián, que el mismo día tres años atrás había tenido un accidente en el Santa Helena y había muerto. Me apareció y me dijo “Dale vamos, fuerzas”. En ese momento me despertaba, quería subir, hacía tres pasos, veía la luna llena y me volvía a desmayar. Así en dos o tres oportunidades. Según una médica emergentologa con la que tuvimos una clase de supervivencia, eso fue lo que me activó de vuelta el cuerpo y me permitió sobrevivir. Estuve toda la noche a la intemperie, quienes estaban en la carpa midieron esa noche entre 30° y 35° bajo cero. Había perdido los mitones de plumas, me quedaron puestos unos guantes de lana y no me morí de frío porque inconscientemente uno cuando se está por morir de frío adopta la posición fetal, entonces puse las manos debajo de las axilas. Cuando el sol me dio en la cara a las 8 de la mañana me desperté, y lo único en que pensaba era en bajar. No podía pararme porque estaba congelado, deshidratado o con algún tipo de edema pulmonar o cerebral. Comencé a bajar sentado hasta que llegue a un glaciar de hielo, ahí encontré la mochila y empecé a bajar tres o cuatro metros, y después empecé a caer. Me encontraron, entre todos me llevaron a las carpas, me tuvieron todo el 18, me acuerdo de muy pocas cosas. Me preguntaron mi nombre, dónde vivía. Recuerdo que me hacían baños con agua tibia y al día siguiente me preguntaron si me podía parar. Como no podía, me envolvieron en una bolsa de dormir con colchón abajo, y me bajaron arrastrando hasta los 4500 metros, donde me esperaba una moto buscadora de oro. Llegue, baje de la moto como pude  y me llevaron en un camión de gendarmería hasta Catamarca. Al día siguiente llegamos, me buscaron en una ambulancia y de ahí hasta Buenos Aires. Estuve internado desde el 21 de noviembre hasta el 10 de marzo de 1995 porque tenía gangrena líquida en un pie y seco en el otro. El 31 de diciembre me operaron y me cortaron los cinco dedos del pie derecho, dejaron un pedazo de hueso para ver si se puede reconstruir. El 31 de enero del 95 retiraron los cinco dedos del pie izquierdo, un pedazo más del pie derecho, y en marzo sacaron un pedazo de piel de la pierna e hicieron un injerto. Yo estaba acostumbrado a hacer montaña, a jugar al fútbol, al voley, y era como que se me acababa el mundo. Tenía dos alternativas o quedarme en la cama, o seguir. Además lo que había entrado en vía de muerte era mi carrera, era teniente primero, y las opciones que me dieron era o retirarme o seguir con las nuevas normas de no poder hacer cursos, no ir al exterior, ascender con más espacio de tiempo y llegar hasta un determinado grado. Acepté eso y seguí. En mi vida diaria como no podía correr los 15 km que hacía por día, lo reemplace por la bicicleta. Pensé que nunca más iba a poder jugar al voley o hacer alguna otra actividad, pero en el 2012 volví a ir al Aconcagua, llegamos hasta los 5800 metros, pero no pudimos seguir por los temporales. 

A partir de lo vivido, Claudio González Vergara comentó su primer encuentro con el voley. Tiempo después me encontré con un amigo y empecé a practicar el voley convencional con gente que está con todos sus miembros. Pensé que tampoco iba a poder. Me costó un año adaptarme a saltar de vuelta, porque al no tener los dedos uno cae y es un golpe seco, después de cada entrenamiento le encontré la forma de poner los muñones para que no me duela. Los dedos son la última parte del despegue, tanto para correr como para saltar, y cuando caes es lo primero que amortigua, por eso fue un año de práctica. En el año 2017/2018 fuimos a un torneo en Entre Ríos, los árbitros que dirigen sabían del problema que tenía jugando, se acerca un jugador y me pregunta sobre el problema que tenía porque dentro de todo se nota. Le explico y me comenta sobre un grupo de voley de gente con capacidades diferentes, me puso en contacto con el entrenador del club oeste y a la vez de la Selección Argentina de Voley Sentado. Está el sitting para voley que es el que juega en gimnasios y son seis jugadores, y después el beach para voley que juegan parados y son tres jugadores. En el sitting las dimensiones de la cancha son distintas, en el voley convencional son 9 metros por nueve, la altura de la red es de 2,43 y hay una línea que divide la línea de ataque y de saqueo que es de tres metros. En el sitting la altura de la red para varones es de 1,15 mts, mujeres de 1,5, la línea de ataque es de dos metros y se puede bloquear el saque. Esa sería la diferencia más grande, después se mantiene la misma cantidad de jugadores, la misma cantidad de pases que en el voley convencional. Se siente lo mismo que en el voley convencional, solo que pueden jugarlo personas que han tenido un accidente o que ha tenido problemas desde su nacimiento. El 70% de los jugadores que están en la Selección Argentina no fueron jugadores, fue como una forma de seguir participando de deportes o de tratar de llevar la vida lo más normal posible. 

Para finalizar, el jugador explicó cómo fueron los entrenamientos pre y durante la pandemia. Entrenaba a gente, a un chico que boxea, otro que juega al fútbol, algunas alumnas que querían hacer localizada, otras querían adelgazar, y a su vez algunos jugadores de voley que querían hacer parte física, venían a la mañana y los entrenaba yo. Durante la pandemia hacíamos clases por zoom de para voley, con una parte física y otra con trabajo con pelota contra la pared. Se hacían distintos ejercicios para no perder ni la parte técnica ni la física. Antes de la pandemia ya venía entrenando a gente en el paravoley. Los límites los pone uno, uno llega hasta donde quiere. Yo pensé que nunca más iba a poder jugar al voley y acá estoy, entrenando a grupos de chicas y varones, aunque sufro más en el banco que jugando. 

Podes escuchar “Algo Interesante” todos los martes de 19 a 20 hs por Zonica + 

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