Dr. Santiago Sanfilippo: “El TDAH del adulto no empieza en la adultez, es la secuela de un trastorno que no fue tratado en la infancia”
Salud julio 17, 2026El especialista explicó cómo detectar el TDAH, sus principales síntomas, la importancia de un diagnóstico diferencial y la necesidad de un abordaje integral para mejorar la calidad de vida.
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es uno de los diagnósticos del neurodesarrollo que más consultas genera en la actualidad. Sin embargo, detrás de la creciente visibilidad también aparecen dudas, mitos y diagnósticos apresurados. En una extensa entrevista, el neurólogo Thiago Filipo analizó cómo reconocer los primeros signos, explicó por qué el cuadro siempre comienza en la infancia y remarcó que el éxito del tratamiento depende de una evaluación clínica completa, realizada por profesionales especializados y acompañada por la familia.
El médico explicó que, aunque los primeros tres años de vida representan un período clave para la maduración del sistema nervioso central, el TDAH suele hacerse evidente durante la niñez, especialmente cuando el niño comienza la escolaridad. “Los tres primeros años son fundamentales porque allí madura gran parte del sistema nervioso central, pero en el caso del TDAH tomamos como válido que las manifestaciones aparezcan hasta aproximadamente los doce años de edad. Es en ese período cuando los padres o la escuela empiezan a detectar las primeras dificultades”, señaló.
Uno de los temas que abordó fue el creciente número de adultos que reciben un diagnóstico de TDAH. Para Sanfilippo, existe una confusión conceptual que conviene aclarar. “El que tiene TDAH del adulto es porque tuvo TDAH de niño. Lo que aparece en la adultez es la secuela de un trastorno que no fue tratado o cuyo tratamiento fue insuficiente. No empieza siendo adulto”, afirmó.
Según explicó, en los adultos suele persistir principalmente la inatención, aunque también pueden mantenerse la hiperactividad y, especialmente, la impulsividad. “Muchas personas impulsivas, incluso algunas que tienen problemas legales por esa impulsividad, probablemente hayan tenido un TDAH durante la infancia que nunca fue diagnosticado correctamente”, sostuvo.
Durante la conversación también se refirió a aquellas conductas que muchas veces se naturalizan como rasgos de personalidad. La dificultad para mantener la atención, la necesidad constante de cambiar de actividad, la inquietud permanente o la incapacidad para sostener una película o una tarea durante un tiempo prolongado pueden ser interpretadas como simples características personales cuando, en realidad, merecen una evaluación profesional.
Sanfilippo explicó que existen tres presentaciones clínicas del trastorno. La primera es aquella en la que predomina la inatención, caracterizada por la dificultad para mantener la concentración durante períodos prolongados. “Lo que más se afecta es la atención sostenida. Son chicos que no logran mantener el foco en una actividad durante mucho tiempo”, describió.
La segunda forma corresponde al predominio de la hiperactividad e impulsividad. En estos casos, los niños permanecen en movimiento constante, cambian rápidamente de actividad, les cuesta permanecer sentados y presentan dificultades para controlar sus respuestas emocionales. “Muchas veces viven en un estado permanente de irritabilidad, responden con enojo, hacen berrinches importantes y esa impulsividad también puede manifestarse mediante agresiones verbales o físicas”, explicó.
La tercera variante combina ambas manifestaciones, siendo una de las formas más frecuentes del trastorno.
El especialista aclaró además que la inteligencia de estos niños no está comprometida. Incluso, en muchos casos poseen capacidades cognitivas superiores al promedio. El verdadero problema aparece porque esa inteligencia no puede expresarse plenamente debido a la imposibilidad de sostener la atención, lo que termina generando dificultades en el aprendizaje y en el rendimiento escolar.
A pesar de que la hiperactividad y la impulsividad son comportamientos relativamente frecuentes durante la infancia, Filipo advirtió que el diagnóstico no puede basarse únicamente en esas características. La diferencia radica en la intensidad, la persistencia y la presencia de los síntomas en distintos ámbitos de la vida cotidiana.
“Para poder hablar de TDAH los síntomas tienen que manifestarse en más de un contexto. No alcanza con que el chico tenga problemas solamente en la escuela o únicamente en la casa. Deben aparecer en diferentes ambientes porque eso demuestra que se trata de un trastorno generalizado y no de una conducta aislada”, explicó.
Sanfilippo explicó que, en la práctica clínica, tanto la familia como los docentes suelen advertir rápidamente que existe una dificultad que excede el comportamiento habitual de cualquier niño. “No se sienta a la mesa para comer, no puede mirar un dibujo animado durante más de un minuto, cambia permanentemente de juego, se pelea con otros chicos, responde de manera impulsiva y, en la escuela, deja el banco constantemente, interrumpe a sus compañeros y termina siendo rechazado por el grupo. Todo ese conjunto de conductas es el que nos orienta al diagnóstico”, detalló.
El especialista remarcó que el diagnóstico del TDAH es, fundamentalmente, clínico. Los estudios complementarios suelen ser normales y cumplen un rol de apoyo o de descarte de otras patologías. “Muchas veces nosotros, apenas vemos entrar al chico al consultorio, ya podemos identificar si existe una hiperactividad importante. Después utilizamos distintas pruebas para evaluar la capacidad de atención y estudios neurocognitivos para determinar si existe algún otro déficit asociado”, explicó.
En ese sentido, destacó la importancia del trabajo interdisciplinario. El abordaje no termina en la consulta médica, sino que requiere la participación de psicólogos, psicopedagogos y especialistas en neurodesarrollo que permitan completar la evaluación.
“Nosotros hacemos el diagnóstico clínico y luego derivamos a los terapeutas para que realicen las evaluaciones específicas. Ellos aportan información muy valiosa que nosotros no podemos obtener en una única consulta. Además, en algunos casos realizamos estudios neurológicos, como electroencefalogramas o mapeos cerebrales, porque existen enfermedades, por ejemplo algunos tipos de epilepsia, que pueden manifestarse con irritabilidad o alteraciones de la conducta y deben descartarse”, explicó.
Durante la entrevista también hizo referencia a las llamadas comorbilidades, es decir, otros trastornos que con frecuencia acompañan al TDAH. Entre ellos mencionó ansiedad, trastornos del sueño, dificultades de aprendizaje, depresión y el trastorno negativista desafiante, que puede agregar conductas oposicionistas y agresivas.
“No debemos mirar únicamente la hiperactividad o la falta de atención. Hay que evaluar al chico en su totalidad porque muchas veces aparecen otros síntomas o incluso otras patologías neuropsiquiátricas y neuropsicológicas que también necesitan tratamiento”, sostuvo.
Respecto del tratamiento, Sanfilippo fue categórico al afirmar que no existe una única herramienta capaz de resolver el problema. El abordaje debe ser integral y comenzar por un proceso de psicoeducación destinado tanto a los padres como al propio niño.
“Una vez realizado el diagnóstico hay que explicar qué significa esta condición, cuáles son sus características, cómo acompañar al chico, qué límites establecer y qué aspectos deben fortalecerse dentro de la vida cotidiana. Esa educación de la familia es una parte fundamental del tratamiento”, indicó.
A esa estrategia se suma el trabajo de la psicología, especialmente desde el enfoque cognitivo-conductual, orientado a fortalecer las funciones ejecutivas del cerebro. “Trabajamos la planificación, la organización, la orientación, la resolución de problemas, la capacidad para ejecutar distintas consignas y todas aquellas funciones superiores que intervienen en el aprendizaje y en la vida diaria”, explicó.
Cuando la situación lo requiere también puede indicarse tratamiento farmacológico. El especialista señaló que existen medicamentos estimulantes y otros no estimulantes, cuya elección depende de cada paciente y siempre debe realizarse bajo estricto control profesional.
“Las investigaciones más recientes muestran que el metilfenidato ofrece importantes beneficios y no produce las alteraciones que muchas personas temían años atrás. También existen tratamientos no estimulantes, como la atomoxetina, que actúan sobre la noradrenalina y mejoran tanto la atención como la hiperactividad”, afirmó.
No obstante, insistió en que la medicación nunca debe utilizarse de manera aislada. “Siempre tiene que estar combinada con el trabajo psicológico, el acompañamiento familiar y el seguimiento profesional. El tratamiento farmacológico por sí solo no alcanza”, enfatizó.
Uno de los aspectos novedosos de la entrevista fue la referencia a la estimulación magnética transcraneal como una herramienta terapéutica que comienza a incorporarse también en niños con trastornos del neurodesarrollo.
“Es un tratamiento aprobado por la FDA y por la ANMAT. Ya tiene excelentes resultados en depresión, ansiedad, trastorno obsesivo compulsivo, Parkinson y accidente cerebrovascular. Ahora también se está utilizando en chicos con trastornos del espectro autista y con TDAH, especialmente en los casos más severos”, explicó.
Según detalló, se trata de un procedimiento no invasivo e indoloro que utiliza una bobina colocada sobre el cuero cabelludo para emitir ondas electromagnéticas capaces de modular determinadas áreas cerebrales. “Lo único que necesitamos es que el chico permanezca tranquilo durante la sesión. No produce dolor y los resultados que estamos observando son muy alentadores”, aseguró.
Consultado sobre cuánto tiempo demanda el tratamiento y si el TDAH acompaña a la persona durante toda su vida, Filipo sostuvo que, cuando el diagnóstico es temprano y el abordaje es adecuado, el pronóstico suele ser favorable.
“En nuestra experiencia, el tratamiento no suele durar menos de tres o cuatro años. La evolución es muy buena, salvo en aquellos casos que presentan comorbilidades importantes, como el trastorno oposicionista desafiante. En los chicos que tienen trastornos de inatención o hiperactividad, la respuesta al tratamiento generalmente es rápida y favorable”, explicó.
El especialista destacó que el acompañamiento familiar constituye uno de los pilares fundamentales del proceso terapéutico. “Los padres son parte central del tratamiento. Cuando la familia comprende qué le ocurre al chico, aprende a acompañarlo y trabaja junto con los profesionales, los resultados suelen ser muy buenos. En pocos años podemos lograr una resolución muy satisfactoria y evitar que el trastorno deje secuelas en la vida adulta”, aseguró.
Sobre el final de la entrevista fue consultado por un fenómeno que genera cada vez más debate: el aumento de los diagnósticos de trastornos del neurodesarrollo, especialmente del TDAH y de los trastornos del espectro autista.
Sanfilippo reconoció que existe una mayor cantidad de consultas, pero planteó una mirada crítica respecto de la forma en que actualmente se realizan algunos diagnósticos.
“El TDAH ha aumentado, pero donde realmente vemos un crecimiento muy importante es en los trastornos del espectro autista. Personalmente creo que, en algunos casos, se está sobredimensionando el diagnóstico. Hay chicos que tienen determinadas características de personalidad, que son retraídos, poco comunicativos o con escasa interacción social, y rápidamente reciben el rótulo de autistas. No siempre es así”, afirmó.
Para el neurólogo, detrás de muchas dificultades conductuales también pueden existir otros factores que deben ser considerados antes de arribar a un diagnóstico definitivo.
“Existen situaciones que durante mucho tiempo fueron tabú, como los traumas, los abusos, el maltrato o determinadas problemáticas familiares. Todo eso puede generar manifestaciones que después se confunden con un trastorno del neurodesarrollo. Por eso hay que estudiar cada caso con mucha profundidad y no apresurarse a etiquetar a un niño”, expresó.
En esa línea insistió en que la responsabilidad de los profesionales consiste en realizar diagnósticos diferenciales completos, contemplando el contexto familiar, escolar, emocional y social de cada paciente.
“Lo importante es dedicar tiempo a la entrevista, escuchar a la familia, observar al chico, examinarlo y conocer su historia. El diagnóstico de muchas de estas enfermedades es esencialmente clínico y requiere experiencia. No puede hacerse de manera apresurada”, remarcó.
A lo largo de la conversación quedó claro que el TDAH es un trastorno complejo, cuya detección temprana permite mejorar significativamente el pronóstico. Para Filipo, el trabajo conjunto entre médicos, psicólogos, psicopedagogos, docentes y familias constituye la herramienta más eficaz para acompañar a cada niño de manera personalizada y favorecer su desarrollo.
“La capacitación permanente de los profesionales es indispensable porque aparecen constantemente nuevos conocimientos y nuevas alternativas terapéuticas. Lo importante es comprender que detrás de cada diagnóstico hay un niño, una familia y una historia particular que merece ser escuchada”, concluyó el especialista.
Con un mensaje centrado en la necesidad de evitar simplificaciones y etiquetas apresuradas, el neurólogo dejó una reflexión que atravesó toda la entrevista: antes de hablar de un diagnóstico es imprescindible mirar al niño de manera integral, comprender su contexto y construir un abordaje interdisciplinario que permita responder a sus necesidades reales. Solo así, sostuvo, es posible ofrecer un tratamiento efectivo y mejorar la calidad de vida tanto del paciente como de su entorno.
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