El Lima: “Nunca me dieron pelota desde el tango, pero hoy siento que estoy haciendo mucho ruido”
Música junio 17, 2026El músico habló sobre la fusión entre la cumbia villera y el tango, el bandoneón y su recorrido artístico.
“Lo que a mí me pasó es que fui consecuencia de lo que vivía en mi entorno. No es que lo pensé demasiado. Después la gente me fue haciendo notar que era lógico lo que estaba haciendo”, cuenta El Lima al recordar cómo nació la particular mezcla entre la cumbia villera y el tango que lo convirtió en una referencia de la llamada cumbia arrabalera.
“El tango que se respiraba en mi casa era el tango reo, el tango callejero. Mi papá cantaba ‘Chorra’, ‘Mano a mano’, esos tangos. Y cuando apareció la cumbia villera sentí que me estaban contando las mismas historias de las mismas calles, pero en otro tiempo. Para mí fue natural juntarlos”, explica.
La incorporación del bandoneón a un género donde prácticamente había desaparecido surgió de manera espontánea. “Después me di cuenta de que había llevado el bandoneón otra vez a lugares donde hacía décadas que no estaba. Tocaba a las tres de la mañana en clubes, carnavales, galpones, bailes. Un pibe me dijo una vez que nuestros abuelos veían bandoneones en esos lugares y que hacía ochenta años que eso no pasaba. Ahí tomé dimensión de lo que estaba ocurriendo”.
Aunque hoy es reconocido por ese instrumento, asegura que su relación comenzó tardíamente. “Lo conocí a los treinta años. Lo había escuchado toda la vida, pero nunca había tenido uno en mis manos. Unos amigos me invitaron a tocar con una orquesta de tango, vi un bandoneón, me quedé alucinado y terminé siendo el bandoneonista. Me preguntaban si había tocado antes y la verdad es que no”.
Conseguir el instrumento tampoco fue sencillo. “Yo trabajaba de panadero y un bandoneón valía una fortuna. Mi viejo estuvo quince años armando uno con piezas de distintos instrumentos viejos. Cuando lo terminó me lo vendió. Sin él hubiera sido imposible”.
La figura de su padre atraviesa buena parte de su historia musical. “Al principio me decía que estaba loco. Después terminó siendo el mayor orgullo que tiene. Hoy se sabe todas las canciones de cumbia villera y entendió que, en el fondo, el tango y la cumbia cuentan las mismas historias”.
Para demostrarlo, recuerda una experiencia particular. “Yo le cantaba letras de Pibes Chorros a mi viejo, pero le decía que eran tangos. Y le gustaban. Porque las historias eran las mismas. Lo único que cambia son las palabras. Antes era lunfardo, hoy será lenguaje callejero o tumbero. Pero el fondo sigue siendo igual”.
A lo largo de los años encontró respaldo en su público, aunque no siempre en todos los ámbitos musicales. “Hace quince años que meto bandoneón en la cumbia. La gente siempre me acompañó. Hay personas tatuadas con canciones mías. Eso para mí vale muchísimo. Pero del lado del tango, sobre todo desde ciertos sectores del ambiente, nunca me dieron pelota. Era como ‘este villero qué está haciendo’. Recién ahora siento que algunas puertas se están empezando a abrir”.
Lejos de sentirse parte del tango tradicional, encontró una definición propia. “Durante mucho tiempo ni siquiera me consideraba bandoneonista. Después entendí que no hago tango clásico. Hago tango villero. Es mi forma de hacerlo”.
Los prejuicios fueron una constante en el camino. “Cuando conseguí el bandoneón pensé que tenía que usar traje y sombrero. Me duró un día. Agarré el instrumento y me puse a tocar una canción de Pibes Chorros. También me pasó que fui a ver una orquesta de tango y no me dejaron entrar porque tenía visera y zapatillas. Ahí entendí que iba a tener que hacer la mía”.
Sin embargo, observa que el panorama está cambiando. “Hoy veo que muchos artistas jóvenes están incorporando el tango y el bandoneón. Me llegan videos de chicos aprendiendo a tocar. Eso está buenísimo. También creo que tendría que haber una política cultural fuerte para cuidar el bandoneón. No se fabrica más desde los años cincuenta y es un instrumento que nos representa en todo el mundo”.
Entre los momentos más emotivos de su carrera recuerda uno reciente. “En un streaming me trajeron de sorpresa el bandoneón de Aníbal Troilo. Casi me muero. Fue algo muy simbólico para mí. Lo agarré y toqué una canción de Súper Mercado. La nieta de Troilo me dijo que su abuelo estaría tomando un whisky conmigo cantando una de esas canciones. Fue como si a un fanático del fútbol le prestaran los botines de Maradona”.
El músico asegura que el verdadero valor de su propuesta está en la conexión emocional que genera. “Lo más loco es que no tiene edad. Le pasa a los chicos y a los abuelos. Una vez una señora lloraba mientras yo tocaba una canción de Meta Guacha. Después me contó que su marido había fallecido cuando ella tenía treinta años y que desde entonces nunca había vuelto a escuchar un bandoneón. Ahí entendés la potencia que tiene el instrumento”.
Actualmente continúa desarrollando el proyecto El Lima Rabillero, una evolución de la histórica banda Agua Sucia y Los Mareados. “Hace tres años decidí cerrar una etapa y arrancar otra. Pero la esencia sigue siendo la misma: fusionar la cumbia villera y el tango”.
También acaba de presentar una nueva versión de “Volver”, de Carlos Gardel. “Nos gusta reversionar tangos y llevarlos a la cumbia. Además sumamos bailarines que mezclan tango y cumbia. Fuimos de los primeros en llevar bailarines de tango a Pasión de Sábado. Son cruces que me emocionan porque unen dos mundos muy populares de la Argentina”.
A pesar de las dificultades de la industria y los cambios tecnológicos, mantiene intacta la convicción que lo llevó a recorrer este camino. “A veces uno se cansa de remar y de las cosas del ambiente. Pero después pasan otras que te levantan. Yo sigo creyendo que la gente conecta con lo real. Vivimos tiempos difíciles, pero para mí ser argentino es no perder lo más valioso que tenemos: las emociones humanas, la solidaridad, la gente de barrio y esas conexiones que nos hacen únicos”.
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