La crisis del sistema sanitario y la urgencia de la prevención: “Hoy la medicina está comercializada y le debe mucho a la gente”
Podcast marzo 9, 2026En un diagnóstico profundo sobre el estado actual de la salud pública y privada, Maximiliano Lequi, en el Podcast “¿Quien es?” dialogó con el doctor Claudio Santa María analizando la pérdida de empatía en los consultorios, el impacto de los avances tecnológicos y el rol fundamental de la educación comunitaria. Durante una extensa entrevista, el reconocido especialista advirtió sobre los peligros de la burocratización médica y propuso volver a las bases: escuchar al paciente, prevenir antes de curar y acompañar en el final de la vida.
En un contexto donde las estadísticas epidemiológicas y las demoras en las guardias dominan la agenda cotidiana, la reflexión sobre el verdadero propósito de la medicina parece haber quedado relegada a un segundo plano. Lejos de las respuestas automáticas y los diagnósticos apresurados, el doctor Claudio Santa María (MN 96.332) propone una pausa para repensar cómo nos cuidamos y, fundamentalmente, cómo el sistema sanitario está fallando en su misión primordial. En una reveladora charla para el podcast ¿Quién es?, conducido por Maxi Lequi, el médico y educador dejó de lado por un momento las clásicas maquetas televisivas con las que saltó a la masividad para ofrecer una autopsia a corazón abierto de la profesión médica actual, dándole prioridad absoluta a la urgencia de humanizar los tratamientos.
Al adentrarse en la realidad de los hospitales y las prepagas, el diagnóstico de Santa María es crudo y directo. Para el especialista, la relación fundamental entre el profesional y quien padece una dolencia se ha roto por cuestiones administrativas y económicas. “Eso se ha perdido y es lamentable, por eso hay tantos errores en medicina”, advirtió con preocupación al comparar la atención de antaño con la actual. “Yo dejé de hacer asistencial y me pasé a la educación, no me daban el tiempo, hoy para hacer una historia clínica, revisar a un paciente, escucharlo, yo tenía pacientes que entraban y se sacaban la ropa, digo no, siéntese, primero cuénteme quién es, qué le pasa, lo tengo que revisar, escuchar su historia, auscultarlo, palparlo”. Esta falta de contacto humano no es un simple detalle de color, sino un factor de riesgo: “Hoy la medicina está comercializada, por eso cuesta tanto conseguir un turno, a los médicos les pagan mal, le pagan a posteriori y la verdad que la medicina hoy, tanto te diría en los hospitales como en las prepagas, le debe a la gente mucho”. Las consecuencias de esta mercantilización son palpables en el deterioro físico de la población, ya que, según detalló, “estoy muy preocupado porque cuando la gente llega por la demora de los turnos la enfermedad empeora y por no escuchar y no ver a un paciente se demora el tratamiento y la gente se enferma mal”.
Pero la enfermedad no solo avanza por la burocracia, sino también por el entorno. Al ser consultado sobre el aumento de patologías graves como el cáncer, el médico introdujo una mirada integral del ser humano, donde el cuerpo somatiza el entorno. “Creo que hay dos factores, hay alguna pieza que todavía no sabemos qué es, pero creo que el estrés, la mala alimentación, las malas condiciones socioambientales, el estrés que tenemos social, económico, la inseguridad”, enumeró. Para ilustrar esta vulnerabilidad, compartió el drama reciente de una empleada de su instituto que renunció tras ser víctima de un asalto violento en el conurbano por miedo a perder la vida al regresar a su hogar. “Entonces yo digo wow, ¿Cómo no se va a enfermar? Y vos ahí tenés la cabeza, lo que te entra a jugar, los sentimientos, las emociones, lo que siempre se dice cuerpo, alma y espíritu,. La verdad que es preocupante y yo veo cada vez más gente enferma y que el sistema de salud no está a la altura de lo que necesitan los pacientes”, sentenció.
Frente a esta crisis de atención, Santa María estructuró el propósito de su profesión en un decálogo ético y operativo que parece haberse olvidado en las facultades. “La medicina tiene tres partes que hoy no se llega”, definió con precisión académica. “La primera misión de la medicina y la salud es prevenir. La segunda, si te enfermaste, curar. Que muchas enfermedades la verdad que las podemos curar. Y la tercera que también está poco ejercida es acompañar”. Este último punto, el del acompañamiento en el lecho de muerte, es para el doctor una de las deudas más grandes de la ciencia moderna, que a menudo se enceguece con prolongar la biología a cualquier costo. “Todos nos vamos a morir y necesitamos que el acompañamiento cuando no tenemos solución desde la medicina o se acaba la vida, que te pueda acompañar en el proceso, que no te violente con la tecnología médica y que vos puedas morir en paz en tu casa, con tu familia”, reflexionó. En un tono de profunda sensibilidad, agregó: “En algún momento hay que decir bueno, hasta acá llegamos, es hora de partir. Te acompaño con lo que sentís, trato tu dolor, trato tu angustia, me parece que eso es importante. Siempre hay que prevenir, cuando se puede curar y siempre hay que acompañar”. Dar este tipo de noticias exige una humanidad suprema, algo que aprendió a los golpes en sus inicios: “No hay forma, o sea, vos hay palabras, lo decís, pero ese dolor se transmite y ahí es importante que vos sepas cómo manejar tu dolor para que te importe el otro, la empatía que hoy se ha perdido y que nada, sufrimos juntos. Si sos un humano, cuando el otro sufre, vos sufrís con él”.
Esta empatía, sin embargo, debe lidiar diariamente con el horror físico y la muerte, un impacto psicológico brutal para quienes visten el guardapolvo blanco. El especialista retrocedió en el tiempo para relatar su primera experiencia extrema a los 21 años en el Hospital Ramos Mejía, cuando debió atender a un paciente en situación de calle con graves quemaduras e infecciones por gusanos (miasis). “Me mandan a un cuartito y el olor a podrido de la carne que había y los gusanos, yo estaba muy mal”, confesó. Tras realizar la curación ayudado por un cirujano, la coraza profesional se quebró: “Me fui a llorar a un baño, no aguantaba. me dije: ¿Cómo hago para sobrevivir? La única forma es tener un grupo de amigos que piense como yo y que cuando yo caiga me sostenga”. Cuarenta años de psicoanálisis le permitieron, según sus palabras, “saber qué me pasa, por qué estoy triste y cómo manejar las dificultades de la vida”. Pero las mayores lecciones de resiliencia no provinieron de los libros, sino de pacientes como Norma Laguna, una mujer humilde de monte quemado que, padeciendo gravísimas úlceras y fracturas por falta de calcio, le enseñó que “siempre por más que te pase algo, hay que seguir adelante”.
Paradójicamente, esta necesidad imperiosa de humanización coexiste con una era dorada de descubrimientos de laboratorio. Al proyectar el futuro, Santa María no oculta su asombro ante la capacidad de la ciencia para extender nuestra biología, recordando que los verdaderos puntos de inflexión históricos fueron el agua potable y las vacunas. “Los adelantos de la medicina son formidables”, celebró. “Hoy el promedio de vida en general está entre 75 y 82 años, algunos países tienen un poco más y sin duda vamos a llegar a 100 porque estamos hoy tenemos tecnología para descubrir enfermedades para tratarlas y tenemos avances en tratamientos que eran imposibles”. El médico destacó cómo los tiempos de investigación se han pulverizado: “Antes generar una vacuna tardabas 10, 15, 20 años, en la pandemia hicimos vacunas en 6 meses, un año con la técnica, hoy hay vacunas de ARN mensajero para tratar el cáncer, tenemos vacunas que previenen el cáncer”. A la par de la inmunología, resaltó los procedimientos mínimamente invasivos: “Tenemos gente que se ha salvado con stent, hoy ponemos millones de ellos que son como unos ruleritos metálicos que te abren las arterias del corazón antes de infartar, tenemos tratamiento para la diabetes, para adelgazar”. Sin embargo, el contraste social ensombrece este panorama de ciencia ficción. “Ahora, no le llegan a todo el mundo. Siguen faltando en los hospitales cosas básicas, la gente que tiene la suerte de tener acceso a ese nivel de salud hace tratamiento de regeneración, donde la calidad de vida ahora poca gente tiene acceso a ese nivel de salud”.
Es en esta enorme brecha de desigualdad donde el Estado debería operar como gran nivelador, algo que, a criterio del doctor, no está ocurriendo con la fuerza necesaria. “Falta la presencia del Estado en salud, en educación y en seguridad que son las tres te diría cosas más importantes que debería hacer el Estado”, reclamó. Su memoria rescata políticas exitosas del pasado para contrastarlas con la inacción actual. “Los ministerios de educación han tenido políticas erráticas, no hay campañas de prevención. Cuento una que funcionó que fue dejar de fumar. La campaña fue muy buena y la gente dejó de fumar”, ejemplificó. De aplicarse esta misma lógica estatal, los resultados en la salud pública serían inmediatos: “Si haríamos campañas de qué comer, de actividad física, de controlar la presión, la sal, muchas de las enfermedades crónicas que tenemos hoy desaparecerían o disminuirían, igual que el tamizaje para el cáncer”. También alertó sobre el resurgimiento de enfermedades controladas por la falta de rigor en la inmunización comunitaria: “No es inocuo no vacunar a los hijos. Y nos hemos salvado gracias a las vacunas. Y el Estado ha abandonado un poco las campañas de prevención masiva”.
Al comprender que el hospital no daba abasto y que el consultorio limitaba su alcance, Santa María encontró en la educación el arma más potente para masificar la salud. “Vi que yo quería sacar gente del hospital haciendo prevención y que la educación era el camino”, relató sobre su decisión de fundar el Instituto Superior de Ciencias de la Salud, una institución pensada para capacitar e integrar a los sectores trabajadores. Esta obsesión por la docencia y el aprendizaje continuo tiene raíces en su propia historia en el conurbano bonaerense, donde debió afrontar la quiebra del almacén familiar a los diez años. Tras estudiar siete carreras, pasando por el seminario sacerdotal y la enfermería antes de llegar al título de médico en la UBA, comprendió que el conocimiento democratiza la salud. “Cuando vos posees un título oficial, tenés una tarea solidaria, sos enfermero, ayudás a prevenir, a curar o a acompañar . Cuando yo estudio la sociedad que me rodea es mejor porque como tengo un conocimiento lo puedo transmitir. Y no solo mejora mi vida, mejora todo mi entorno”.
Esta misma premisa educativa fue la que, finalmente, lo catapultó a los estudios de televisión. Comprendiendo que un programa en vivo puede tener el impacto de miles de consultas médicas simultáneas, Santa María unió sus estudios de periodismo científico con la medicina gracias al impulso del recordado Mauro Viale. Su objetivo siempre fue claro: transformar conceptos complejos en saberes populares. “Los medios han posibilitado que yo entrara a la casa y atendiera a más gente y pudiera cumplir mi objetivo que digo yo con prevención quiero que la gente se enferme menos y no vaya al hospital”, afirmó el creador del célebre “Doctor microscopio”. Si bien su paso por los medios también lo llevó a cruzar la línea hacia la medicina forense televisada como cuando aportó sus conocimientos anatómicos y criminalísticos en el análisis de la autopsia del fiscal Alberto Nisman, lo que le valió persecuciones y fuertes amenazas que lo obligaron a priorizar su seguridad familiar, su foco jamás se desvió de su misión sanitaria primordial. A modo de conclusión sobre el rol que debemos asumir frente a los desafíos médicos del presente y del futuro, el doctor dejó un mensaje final ineludible que resume toda su filosofía de vida: “La salud es una construcción comunitaria”.