Sábado 29 de Agosto de 2026 - 2:35:41 am

Leonel “Pipa” Gancedo: “Las cosas más importantes de la vida justamente no son cosas”

Deporte agosto 29, 2026

Leonel “Pipa” Gancedo pasó por "Planeta República" con Jonathan Tolisano, donde repasó su infancia en Versalles, su carrera en Argentinos Juniors y River.

Leonel “Pipa” Gancedo habla y, rápidamente, la entrevista deja de ser solamente una charla sobre fútbol. Su recorrido como futbolista, entrenador y formador aparece atravesado por una idea que repite de distintas maneras: haber aprendido a detenerse, mirar hacia adentro y darle otro valor al tiempo, a los vínculos y a las cosas sencillas de la vida. Desde su casa en Versalles, el barrio donde nació y donde todavía conserva buena parte de sus afectos, recuerda una infancia en la que la pelota era su juguete y donde, según cuenta, no necesitaba demasiado para sentirse feliz.

“Bueno, muchas gracias. No, por favor, un placer. Jonathan, somos del barrio, somos de cerca. Y bueno, acá Versalles, lindo. Toda la vida, mi madre nació acá y ahora tengo la posibilidad de estar viviendo en Argentina, de estar acá y un placer recibirte”, cuenta al comienzo de la charla. Cuando le preguntan qué cambió en el barrio, reconoce que hay “muchos más edificios, muchos más comercios”, aunque sostiene que “sigue teniendo la esencia Versalles de ese barrio de verdad”.

En ese recuerdo aparece el Ateneo de Versalles, la plaza, los amigos y los interminables partidos. “Yo voy mucho al Ateneo de Versalles, toda la vida desde chiquito, pasaba horas con mi hermano jugando a la pelota, pateo, mareo, con los amigos, la plaza de Versalles, los picados”, rememora. Y enseguida resume aquella infancia en una frase que también explica buena parte de su manera actual de mirar la vida: “Siempre relacionado al fútbol, ¿no?, a la pelota, que fue mi juguete, la pelota mi juguete”.

Gancedo cuenta que esa historia incluso quedó plasmada en un libro que escribió en España, Fútbol Vida, la pelota mi juguete. Pero el recuerdo no se queda solamente en el deporte. “Disfruté, disfruté muchísimo. Pasé una niñez, una infancia feliz y quizás lo hablábamos fuera de cámara: sin nada. Con todo, porque teníamos todo, que era el amor, que no hay medida por el amor”, sostiene.

Para el exmediocampista, la diferencia entre aquella infancia y la actualidad no está necesariamente en lo material, sino en la capacidad de disfrutar de lo cotidiano. “No había celulares, no había de la actualidad que recién te decía una frase: las cosas más importantes de la vida justamente no son cosas”, explica. Y agrega: “El disfrutar de un amigo, un compañero, compartir, tomar un mate, esto y disfrutar el hoy”.

Ese “hoy” se convirtió en una de las palabras centrales de su filosofía. “Lo que pasó es historia, lo que viene solo Dios sabe y hay que vivir hoy”, afirma. Incluso encuentra en la palabra “presente” una definición que considera significativa: “Presente significa regalo, esto es un regalo”.

En ese presente están sus cuatro hijos varones y su nieta de ocho años. “Hoy disfruto mis hijos, tengo cuatro hijos, tengo una nieta de 8 años”, cuenta. Reconoce que la convivencia y la crianza no son sencillas porque “cada uno tiene su carácter, sus cosas”, pero asegura que en ese camino también buscó encontrar “la paz verdadera”.

“La paz que el mundo no da, que viene de Dios solamente”, define. Y establece una diferencia que considera fundamental: “La paz va con uno adentro, no tiene nada que ver paz con tranquilidad”. Para Gancedo, esa distinción es central porque una persona puede estar en un lugar tranquilo y, sin embargo, no encontrar paz interior.

Su acercamiento a la fe aparece en la conversación como una transformación personal. Reconoce que durante mucho tiempo tuvo una relación con Dios que era circunstancial. “Yo tenía un Dios de paraguas, un Dios de que venía la tormenta y un ser querido mal: ‘Dios mío’, y después me iba a un costado y vivía como se me antojaba”, describe.

La comparación que utiliza para explicar ese cambio es sencilla: un medicamento. “Me dijeron: ‘Este es el medicamento que te cura la fiebre’. ¿Querés? Tengo fiebre. ¿Creés en el medicamento? Sí. Pero, si creés nada más, no, lo tenés que tomar. Entonces la fe verdadera es tomarlo, puesta en acción”, sostiene. Y concluye: “Esa fe que te dice: tengo fiebre, lo tomo el medicamento. Con Dios es lo mismo”.

Gancedo ubica el comienzo de ese proceso en el momento en que empezó a escuchar y a indagar. Cita Romanos 10:17 para explicar que “la fe viene del oír, el oír la palabra de Dios”. A partir de allí, cuenta, empezó a cuestionar sus propias ideas y a descubrir una forma diferente de entender la vida.

“Cuando empecé a escuchar: ‘Mirá, pero Dios dice esto: no pagues mal por mal a nadie, porque si pagás, al mal se vence con bien’. Empezás a descubrir unas cosas distintas a la del carácter del ser humano”, afirma.

Ese cambio también modificó su mirada sobre los demás. “Los hechos hablan más fuerte que las palabras”, insiste. Por eso evita presentarse como alguien que tiene todas las respuestas. “No juzgo a nadie, miro no opino de la paja del ojo ajeno, sino del tronco que yo tengo para cada día mejorar”, señala.

Y reconoce que ese aprendizaje no significa haber dejado atrás los errores. “Seguimos pifiando, olvidate, porque tenemos errores todos. Pero bueno, le pido a Dios sabiduría para vivir”, admite.

La conversación se traslada entonces al fútbol, pero la mirada continúa siendo la misma. Gancedo sostiene que su relación actual con el deporte está atravesada por una distancia respecto de determinadas prácticas y valores que observa en el ambiente. “No estoy desilusionado, tengo… veo. Veo, veo”, aclara cuando Jonathan le pregunta si está desencantado con el fútbol.

Para él, el problema no es la pelota sino lo que las personas hicieron alrededor de ella. “El fútbol es compartir”, afirma. Y cuestiona el lugar que ocupan los egos, los discursos y la necesidad de adjudicarse méritos individuales dentro de un deporte colectivo.

“No podría estar en un lugar solo”, sostiene. “Hay otra vida en el fútbol también”. En su opinión, se ha perdido parte de aquella esencia que conoció cuando comenzó a jugar. Recuerda que para su generación debutar en Primera era un sueño familiar y que detrás de cada jugador había padres que hacían esfuerzos enormes para llevarlo a entrenar.

“Para nosotros debutar en Primera era un sueño de familia, de que tus viejos hicieron un gran esfuerzo para que vos puedas ir a entrenar todos los días”, recuerda. Y pone como ejemplo las historias de futbolistas que tuvieron que atravesar enormes sacrificios familiares para llegar.

En su propia experiencia, cuenta que hubo momentos en los que ni siquiera tenía dinero para regresar en colectivo después de entrenar. “Me acuerdo tomarme no tomarme el colectivo porque no tenía dinero, o sea que teníamos que volver caminando porque te comprábamos después del entrenamiento el agua o la gaseosa”, relata.

Ese recuerdo sirve para diferenciar esfuerzo de sacrificio. Gancedo considera que muchas veces se utiliza la palabra “sacrificio” de manera incorrecta. Para él, disfrutar de una actividad que se ama no equivale necesariamente a padecerla.

“Yo nunca trabajé. Yo le digo, ¿viste la frase de Confucio que dice: ‘Aquel que ama lo que hace no va a trabajar nunca’?”, recuerda. Y lo lleva a su propia historia: “Yo amaba jugar a la pelota y lo amaba desde chiquito, de temprana edad, por eso jugué”.

La familia aparece otra vez como un elemento decisivo. Cuando le preguntan qué rol tuvo en su trayectoria, responde sin dudar: “El rol de la familia es primordial”. Pero inmediatamente corrige la idea de que sus padres simplemente querían que fuera futbolista: “Más que que sea futbolista, que sea feliz”.

Recuerda incluso una anécdota de su infancia. Cuando llovía y se suspendía un partido, él deseaba que el agua continuara porque quería jugar. “Llovía, digo, ‘se suspende’, ‘no, ¿cómo que no?’, y hacía ruido con la canilla, prendía la canilla para que ‘no escuchás, no, paró’”, cuenta entre risas. “Porque quería jugar a la pelota”.

Esa pasión infantil, según Gancedo, no debería perderse cuando un jugador llega al alto rendimiento. Por eso también cuestiona ciertas formas de entender el liderazgo. “El liderazgo tiene que ver con servir, es una oportunidad de servicio”, explica.

Para él, el liderazgo vertical, basado en “yo sé esto”, debería dejar lugar al compañerismo y a la capacidad de compartir. “De compañerismo, de compartir. Y cada uno se mete en su puesto y habla y se van los egos para un lado”, afirma.

En esa línea, rechaza expresiones como “el equipo de” un determinado entrenador. “No, para nada. ‘El equipo de’ es algo pero horrible, horrible porque estás faltándole el respeto a la entidad, al club”, sostiene. El entrenador, según su visión, cumple una función fundamental, pero no puede colocarse por encima del grupo.

“El fútbol es de los futbolistas, de los jugadores y es entre todos, es compartir”, sentencia.

Cuando analiza a la Selección Argentina, destaca justamente la importancia del grupo que acompañó a Lionel Scaloni. Menciona a Pablo Aimar, Roberto Ayala, Walter Samuel, Diego Placente y Javier Mascherano, entre otros, y considera que detrás de los nombres más visibles existe una estructura humana que muchas veces queda fuera de cámara.

“Era un equipo de gente”, afirma. Y agrega: “Hay gente que no se ve que es muy importante en esta historia”. Para explicar el liderazgo, menciona a quienes están en el día a día de los futbolistas y pueden detectar cuándo uno de ellos necesita ayuda. “Eso es un líder”, define.

Su crítica apunta también a la obsesión por los sistemas tácticos cuando se pierde de vista a la persona que juega. Gancedo cuenta una experiencia que vivió durante su formación como entrenador en Europa. En una clase le pidieron que explicara cómo neutralizar un sistema 1-4-4-2.

Él respondió con todos los conceptos tácticos que le exigían, pero finalmente planteó una pregunta: “No vi perder en una pizarra nunca a un entrenador. Nunca perdió en una pizarra. ¿Vamos al campo mañana? Esto es teoría. ¿Vamos al campo y lo hacemos?”.

La respuesta fue afirmativa. Entonces hizo una segunda pregunta: “¿Yo me deja elegir los jugadores?”. Le permitieron hacerlo y, al día siguiente, eligió a los futbolistas que consideraba mejores. “Empezamos a jugar, le hicimos 20 goles. ¡20 goles!”, recuerda entre risas.

La conclusión que extrajo de aquella experiencia quedó grabada en una frase: “No hay sistemas sin nombres propios”.

Para Gancedo, la formación de un entrenador no puede limitarse a conocer sistemas, metodologías o estadísticas. “Los nombres propios son importantes”, afirma. Y plantea una comparación con cualquier otra profesión: quien estudia, se prepara y adquiere conocimientos debería estar mejor preparado para desempeñarse que quien simplemente repite conceptos.

“Los que mejores juegan están mejor preparados”, sostiene, aunque aclara que está hablando de un curso de entrenadores y de la necesidad de comprender el juego, no de establecer una superioridad individual.

Su mirada sobre las divisiones inferiores es todavía más crítica. Considera que allí debería existir una diferencia radical respecto del fútbol profesional. “El fútbol profesional es una cosa y el fútbol formativo es otra”, insiste.

En su opinión, el fútbol juvenil argentino necesita recuperar una formación centrada en las personas. “A mí me gusta que ese lateral juegue, se asocie, vaya, defina”, explica, cuestionando análisis que reducen la evaluación de un jugador a estadísticas aisladas.

Incluso pone un ejemplo relacionado con los pases: “Yo vi el partido, los 10 pases fueron al arquero. Esos 10 pases bien que vos viste al videoanalista, yo no los tengo en consideración”.

Su crítica no está dirigida contra la tecnología en sí misma, sino contra su utilización sin criterio. “Copiamos y pegamos”, dice cuando observa determinados modelos tácticos que, según su visión, se reproducen sin considerar las características reales de los futbolistas.

Y vuelve sobre una idea que atraviesa toda la entrevista: “No hay sistemas sin nombres propios”.

También cuestiona la presión sobre los chicos en edades tempranas. “¿Quién le dijo que juegue a uno o dos toques un nene de 6 años?”, pregunta. Para Gancedo, en esa etapa el niño debe relacionarse con la pelota, experimentar, equivocarse y descubrir.

“Al fútbol se juega interactuando entre compañeros”, sostiene. Y agrega una imagen deliberadamente exagerada para explicar cuánto debería permitirse la libertad en esa edad: “En esa etapa dejalo que se suba a la mesa del buffet si es necesario”.

Su preocupación se extiende a los entrenadores que priorizan el resultado en el baby fútbol. “¿Qué hacés con eso?, ¿qué ganaste?”, pregunta cuando se celebra una victoria de un equipo infantil sin evaluar qué aprendieron los chicos.

Y dispara una reflexión que considera fundamental: “¿Qué estamos educando?”.

Para Gancedo, el problema de fondo es que el fútbol formativo quedó demasiado cerca del negocio. “Todo es plata”, afirma. Y sostiene que la presión por vender jugadores rápidamente puede perjudicar el proceso de formación.

“Te han obligado a esta situación, a que ya a los 17 años o está en Primera o cuánto vale”, explica. En su mirada, esa dinámica ayuda a entender por qué muchos futbolistas argentinos terminan emigrando rápidamente y por qué el seleccionado nacional está compuesto mayoritariamente por jugadores que desarrollaron buena parte de su carrera en el exterior.

Su crítica no significa desconocer la calidad de los futbolistas argentinos. Por el contrario, considera que “la materia prima” existe, pero que el sistema necesita una transformación profunda.

“Gente que tenga amor, amor por lo que hace”, responde cuando le preguntan qué debería cambiar para que el fútbol argentino vuelva a formar grandes jugadores. “Gente que nosotros nos dirigían y nos ayudaban a mejorar como personas primeramente”.

En ese punto vuelve a colocar a la familia en el centro. “La primera enseñanza está en la familia”, sostiene. Y agrega: “Primero está en el hogar, en la familia, en la educación”.

Su concepto de formación es integral. “El fútbol tiene técnica, táctica, físico, anímico”, enumera, pero inmediatamente coloca por encima otro aspecto: “Lo más importante: lo socioafectivo, la persona que juega a la pelota”.

La conversación vuelve entonces a su propia trayectoria y a sus primeros años en Argentinos Juniors. Allí aparece Diego Maradona, con quien Gancedo tuvo una relación cercana desde la infancia. “Diego era la familia nuestra”, recuerda.

Cuenta que conocía a integrantes de la familia Maradona desde chico y que compartía momentos cotidianos con ellos. “Íbamos a comer milanesas a la casa, me quedaba a dormir, íbamos a Cantilo a los famosos asaltos”, relata.

También explica de dónde surgió el apodo que lo acompañó durante toda su carrera. “Cuando me vio: ‘¡Uh, Pipa!, qué parecido a Pipa’, un compañero que se ve que tenían ahí, y quedó Pipa”, cuenta.

El vínculo con Maradona, para Gancedo, no se explica solamente desde la dimensión futbolística. “Lo conozco de chiquito, pues jugábamos al baby”, señala. Y aunque reconoce la enorme dimensión que alcanzó Diego, insiste en su mirada humanista: “Diego es una bandera, todo bárbaro, pero es una persona”.

Esa frase resume también su posición frente a la idolatría deportiva. No niega la grandeza de los futbolistas, pero rechaza que sean convertidos en objetos o figuras alejadas de su condición humana.

Por eso tampoco entra en discusiones sobre quién fue mejor entre Messi y Maradona. “No entro en esa disputa: ¿quién fue mejor, Messi o Maradona?”, dice. “Esto es un deporte, no es individual”.

Su concepto de equipo vuelve a aparecer como respuesta. Incluso recuerda una definición que le transmitió una psicopedagoga alemana sobre la palabra TEAM: “Together, Everyone Achieves More”. Y la traduce como una idea que considera esencial: “Juntos, juntos cada uno logramos más”.

Cuando habla de River, el recuerdo también aparece ligado al grupo. “Jugar en ese momento en River o en Boca era jugar en la Selección Argentina”, recuerda sobre una época en la que los mejores jugadores de los clubes más importantes llegaban a esas instituciones.

Sin embargo, vuelve a relativizar la idea de grandeza. “¿Qué es club chico, club grande?”, pregunta. Y desde su perspectiva espiritual responde: “El que quiera ser más importante, el que es más importante es el que sirve”.

La frase se transforma en una definición de su propio modo de entender el liderazgo: “No es más importante el que está en la mesa, sino el que sirve, ese es el verdadero”.

Gancedo reconoce que con los años también cambió su relación con el fútbol profesional. Ya no necesita estar en el centro de la escena. “Donde estoy soy feliz”, afirma. Y explica que actualmente disfruta mucho más de situaciones sencillas: llevar a su nieta a la plaza, estar con sus hijos, viajar al campo, pasar tiempo en lugares tranquilos.

“Me voy al campo, me voy a San Antonio de Areco, a San Miguel del Monte y voy a Pilar y voy, vengo, voy a Castelli”, cuenta. Para él, esa posibilidad de disponer de tiempo representa una riqueza mucho mayor que cualquier objeto material.

“La persona rica, no por dinero, rica de corazón, de espíritu, compra tiempo”, explica. “La persona pobre compra objetos. La persona ambiciosa compra habilidades, y la persona perezosa compra distracciones”.

Entonces se hace una pregunta que considera necesaria: “¿En cuál estoy?”.

La respuesta parece estar en la manera en que decidió vivir después de tantos años de fútbol. “El tiempo, el tiempo, el tiempo es importantísimo. ¿Cómo estás pasando tu tiempo?”, plantea.

La tecnología también entra en ese análisis. Gancedo no la demoniza. Entiende que puede ser una herramienta extraordinaria si se la utiliza correctamente. “Cómo utilizás su uso también”, dice. “Yo te puedo dar una computadora, ¿la utilizás para bien o para mal?”.

El problema aparece cuando la tecnología deja de conectar y comienza a aislar. “El celular es para conectarse. Sí, con el de afuera. Lejos yo voy, con mi vieja y mi hermano, video te conecta con los de afuera, pero te desconecta con el de al lado”, reflexiona.

En su opinión, esa desconexión se observa especialmente entre los jóvenes, que pueden compartir físicamente un espacio mientras cada uno permanece concentrado en su pantalla.

Su mirada sobre la identidad también se amplía más allá del fútbol y de las fronteras. “Yo soy ciudadano del planeta”, afirma. Y explica: “Está hay un vietnamita, un japonés, un holandés, un lo que sea, es una persona. Yo no puedo clasificar a la persona por dónde nació”.

Para él, incluso determinadas formas de patriotismo pueden transformarse en divisiones. Su propuesta es regresar a una idea universal de humanidad: “Es una persona”.

La fe vuelve a aparecer como el eje que conecta todas esas reflexiones. Gancedo habla de un nuevo nacimiento espiritual y de una transformación que, según cuenta, le cambió la manera de mirar el mundo.

“Cuando uno acepta a Jesús, el Espíritu Santo te va a hacer acordar las cosas que yo os he dicho y te guiará a toda verdad”, afirma. Y agrega: “Descubrís una vida totalmente distinta”.

Cuando Jonathan le pregunta si todavía estamos a tiempo de recuperar los valores de la familia, la unión y el compañerismo, Gancedo responde con una certeza: “A tiempo siempre está uno”.

No cree necesariamente que la transformación tenga que producirse de manera colectiva para comenzar. “Esto no es un cambio grupal”, sostiene. El cambio, para él, comienza en cada persona.

Habla de honestidad y la define de una manera sencilla: “La honestidad tiene que ver con hacer lo correcto cuando nadie te ve, porque Dios todo lo ve”.

Y vuelve a una imagen bíblica que utiliza para explicar su propia decisión: “Jesús dijo: ‘Yo estoy a la puerta y llamo’. El picaporte está del lado de adentro”.

Entonces reconoce: “Yo le abrí, yo le abrí mi vida”.

Esa frase también permite comprender por qué su discurso actual no puede separarse de su experiencia personal. Gancedo no presenta la fe como una teoría sino como una práctica cotidiana atravesada por errores, aprendizajes y adversidades.

“Camino con errores, todo, pero bueno, ante la adversidad te hace crecer”, sostiene.

Cuando llega el momento de hablar sobre el futuro, tampoco parece preocupado por regresar a los grandes escenarios del fútbol. “No me interesa en absoluto. Pero en absoluto”, responde cuando Jonathan le pregunta qué pasaría si cambia el fútbol argentino.

Su respuesta está relacionada con la confianza en el camino que todavía tiene por delante. “El que viene solo Dios dirá el plan que Él tiene para mi vida”, afirma.

Y esa forma de mirar el futuro se conecta con su decisión de vivir más el presente. “Donde he estado he disfrutado, me he divertido, he estado feliz, contento. Con situaciones adversas, por supuesto, como en todas las profesiones, todo bárbaro, pero para crecer”.

En el cierre, Jonathan le pregunta cómo hizo para que la fama, los egos y todo lo que rodea al fútbol profesional no se le pegaran. Gancedo vuelve a la educación recibida y al lugar de la familia.

“Creo que tiene que ver con la forma de vivir. De dónde uno viene, de la educación de tus padres, de la formativa que tuviste, como el fútbol”, responde.

Pero enseguida vuelve a aquello que considera el verdadero punto de inflexión de su vida: “El cambio más importante es quién fue la persona más importante, el antes y después: antes de Cristo y después de Cristo”.

Desde allí explica su actual relación con lo material con una frase que concentra buena parte de la entrevista: “Tengo dos pantalones, tengo dos pantalones, un autito de los que me lleve y me traiga, un lugar para estar y dormir, soy multimillonario”.

No habla de dinero. Habla de otra riqueza.

“Soy multimillonario, me ducho”, dice entre risas, antes de volver a la pregunta central: “¿Qué es lo que te llena?”.

Su respuesta es directa: “Nada te llena más que considerar a Dios y caminar con Él”.

Gancedo no niega sus errores ni pretende presentarse como alguien que alcanzó una perfección imposible. “Con mis errores, con cosas todos los días”, aclara. Lo que cambió, según explica, es la mirada con la que enfrenta cada situación.

Por eso vuelve a hablar de sabiduría y recuerda una enseñanza de Proverbios: “El principio de la sabiduría es el vivir una vida como Dios quiere, el temor de Dios”. Y aclara que ese temor no debe entenderse solamente como miedo, sino como “ese respeto, esa profundidad que vos decís, bueno, a ver qué quiere Dios para mi vida”.

Finalmente, sintetiza el cambio que experimentó con una frase que atraviesa toda la charla: “Cuando uno descubre eso te cambia la mirada”.

La entrevista que había comenzado con recuerdos de Versalles, la pelota, Argentinos Juniors, River y Diego Maradona termina así convertida en una conversación sobre el tiempo, la familia, la humildad, la formación, la felicidad y la necesidad de recuperar el valor de las cosas que no se compran. Gancedo deja en claro que el fútbol sigue formando parte de su identidad, pero ya no ocupa el mismo lugar.

“Yo hoy disfruto de que cuál es tu felicidad: no tiene que ver con tener dinero, tiene que ver con que tus hijos quieran estar con vos”, había dicho durante la charla.

Y quizá allí esté la síntesis de toda su mirada: después de haber vivido el fútbol profesional, de haber jugado en escenarios importantes, de haber compartido vestuario con grandes figuras y de haber recorrido distintos países, el Pipa Gancedo parece haber elegido otra manera de medir el éxito.

No por los títulos, los contratos, los autos o la fama, sino por el tiempo compartido, los vínculos que permanecen y la posibilidad de vivir en paz.

“Las cosas más importantes de la vida justamente no son cosas”, repite.

Y desde esa certeza vuelve a mirar la pelota, el barrio, la familia, el fútbol y su propia historia.

Escuchá “Planeta República” todos los Martes 18hs. Por Radio Zonica

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