Luis Ordóñez: “Cuando uno hace lo que le gusta, para mí deja de ser trabajo”
Arte septiembre 1, 2026Luis Ordóñez pasó por Hablemos de en Radio Zónica, y repasó sus 50 años de trayectoria, grandes trabajos, el Louvre y su pasión por enseñar.
Luis Ordóñez habla del dibujo con la misma pasión con la que parece haberlo practicado durante toda su vida. Para él, una caricatura nunca fue simplemente un trabajo, ni una sucesión de trazos capaces de convertir un rostro conocido en una versión deformada pero inmediatamente reconocible. Detrás de cada dibujo hay una historia, una técnica, una persona y, sobre todo, una pasión que asegura que todavía permanece intacta después de casi cinco décadas de profesión.
Invitado por Osvaldo Menéndez a Hablemos de, por Radio Zónica, Ordóñez recorrió una trayectoria que lo llevó desde aquellas primeras revistas que hojeaba siendo apenas un niño hasta los grandes escenarios internacionales, la televisión, los diarios, las escuelas de arte y una exposición en el Museo del Louvre. También habló de sus encuentros con presidentes, artistas, deportistas y figuras del espectáculo, de sus alumnos y de un legado que, aunque todavía le cuesta reconocer como propio, ya comenzó a construir hace muchos años.
“Un placer, Osvaldo. Muchísimas gracias”, fueron sus primeras palabras al ingresar al programa. Pero detrás de ese saludo cordial había una historia que Menéndez había presentado como excepcional: Ordóñez había sido elegido entre 1.500 caricaturistas como el mejor del mundo y había sido invitado por Francia para exponer su obra en uno de los espacios artísticos más emblemáticos del planeta.
El reconocimiento internacional, sin embargo, no apareció de un día para otro. Ordóñez insistió en que para llegar hasta allí hubo un camino previo, una formación construida con perseverancia y una capacidad que, según él, también fue un regalo.
“Sí, pero bueno, vale la pena emocionarse porque emociona mucho. Porque para haber llegado tal vez a haber logrado, mejor dicho, que me elijan entre tantos excelentes dibujantes, hubo un camino previo recorrido que es muy importante”, explicó.
En ese recorrido aparece uno de los aspectos que más orgullo le genera: la cantidad de alumnos que logró reunir alrededor de la caricatura. Ordóñez recordó que durante los años de clases presenciales llegó a tener cursos multitudinarios y que las personas viajaban desde distintos puntos del país para aprender con él.
“Todo lo que se vio donde me siento un bendecido de Dios de poder haber contado con las escuelas más concurridas de toda Latinoamérica. El poder de convocatoria jamás me lo hubiera imaginado”, contó.
La pandemia modificó radicalmente esa dinámica. Las clases presenciales quedaron suspendidas y Ordóñez creyó que podía significar el final de una etapa. Sin embargo, fue su hija Eliana, junto con Lucas, quienes impulsaron una transformación que terminó ampliando todavía más el alcance de la escuela.
“En la actualidad, que se volcó gracias a mi hija Eliana y a Lucas, que se revirtió todo, se transformó lo que era lo clásico, lo tradicional, en lo que es online. Y yo pensé que no podría la gente seguirme de esa forma”, relató.
La realidad terminó demostrando lo contrario. El mundo digital no redujo la convocatoria, sino que la llevó mucho más lejos de las fronteras argentinas. “Nunca me imaginé que la convocatoria era solamente aquí. Yo pensé, mejor dicho, que era de aquí… ¡No, no! De todas partes del mundo”, recordó.
La expansión fue tal que actualmente cuenta con alumnos de distintos países. “Fue una cosa maravillosa porque hoy tener alumnos hasta de Turquía, que hablan español por supuesto, me llena de orgullo, me llena de satisfacción”, afirmó.
La escena contrasta con aquellos primeros años en los que las clases presenciales se desarrollaban en edificios donde los alumnos llegaban a formar filas interminables para inscribirse. “Estábamos generalmente en un segundo piso en la mayoría de las escuelas, y en el momento de inscripción la gente estaba haciendo fila hasta el primer piso y planta baja por escalera esperando para anotarse”, recordó.
Ordóñez todavía se sorprende al recordar esas imágenes. Más aún porque muchos alumnos hacían grandes esfuerzos para asistir. “Había miles de dibujantes mejores que yo, porque gente que venía, cuando eran presenciales, de Río Negro, venían de Mendoza, de Santa Fe… Hacían por ahí seis horas de viaje, tres horas de curso y se volvían seis horas a su casa”, contó.
La pandemia, lejos de terminar con ese vínculo, terminó generando una nueva manera de enseñar. “Yo pensé que se terminaba con la pandemia y, gracias a Dios, no”, reconoció.
En esa transformación tecnológica también descubrió una nueva forma de trabajar con sus alumnos. Antes, la corrección era individual y presencial. Ahora, todos pueden observar el trabajo de un compañero y aprender también de sus aciertos y errores.
“Hoy lo hacemos públicamente entre todo el grupo. Entonces todos ven las virtudes de ese dibujo y el defecto les sirve para que ellos también puedan corregirlos. Así que se hizo algo maravilloso, realmente”, explicó.
Para Ordóñez, enseñar no es solamente una consecuencia de saber dibujar. Es otro talento que considera haber recibido. “No solamente el don que me regaló Dios, como digo siempre, que es el dibujar, sino el don de transmitir la enseñanza”, afirmó.
Ese vínculo con el dibujo comenzó mucho antes de las escuelas, los premios y los escenarios internacionales. Nació durante su infancia, cuando las revistas eran una fuente de inspiración y un caricaturista en particular consiguió despertar en él una obsesión que nunca abandonó.
“Yo me acuerdo que tenía seis años, en casa se compraba la revista Rico Tipo y la revista Canal TV, unas viejas desaparecidas revistas que eran muy vendidas, un tiraje tremendo”, recordó.
Entre esas publicaciones descubrió el trabajo de Abel Ianiro, un caricaturista al que nunca llegó a conocer personalmente, pero que terminó convirtiéndose en una referencia fundamental.
“Abel Ianiro para mí conseguía el verdadero secreto de la caricatura, que era lograr deformar una cara manteniendo el parecido y saber quién era aunque no esté el nombre de la persona”, explicó.
Aquella definición todavía representa para él la esencia del oficio. No alcanza con deformar una cara: hay que conservar aquello que permite identificarla. Esa capacidad fue la que lo impulsó a querer convertirse en caricaturista.
Sus padres intentaron acompañar aquella vocación y lo llevaron a estudiar. Pero el primer acercamiento formal a la enseñanza fue bastante diferente de lo que el pequeño Luis esperaba.
Tenía ocho años cuando llegó a una escuela donde, según recuerda, la profesora le aseguró a su madre que allí aprendería caricatura. Pero una vez que su madre se retiró, la clase tomó otro rumbo.
“Cuando se fue mi mamá, puso en la pared una flor de lis de yeso. Y aparte te trataban de usted: ‘Dibuje eso’, me dijo”, recordó entre risas.
La situación no mejoró demasiado al día siguiente. La flor seguía allí, aunque en otra pared.
“Mi mamá me dice: ‘¿Cómo te fue?’. ‘No, mamá’, digo, ‘me aburrí mucho, pusieron una flor de lis en esa pared’. Dice: ‘Bueno, tenés que tener paciencia, mañana seguramente va a cambiar’. Y como toda mamá, no se equivocó: al otro día cambió. Cambió la flor de lis de esa pared y la puso en esa otra y me dice: ‘Dibújela de nuevo’”, relató.
La anécdota terminó definiendo también una parte de su formación. “La pared. Pero nunca me enseñó caricatura. Así que hice dos meses, habré estado, y le pedí por favor que no me manden más. Era el jarrón, la manzana… Y yo quería, tal cual dijiste, ser caricaturista”, recordó.
Si aquella profesora no pudo enseñarle lo que buscaba, las revistas y los grandes maestros terminaron ocupando ese lugar. Ordóñez se define como autodidacta, aunque reconoce que esa palabra puede ser insuficiente.
“Uno aprende de los errores, de los grandes maestros que tuvimos: Lino Palacio, Garaycochea, Ferro, grandes dibujantes”, señaló.
No estudió directamente con ellos, pero aprendió observando y copiando sus trabajos. “Pero sí aprendí todo lo que es técnicas, aprendí todo lo que tiene que ver con el parecido, con el diagramar, con que quede centrado el dibujo. Todo eso lo aprendí solo”, explicó.
Con el tiempo también desarrolló una certeza sobre su propio trabajo: quien posee una habilidad debe ser capaz de reconocerla. “El que toca bien el piano, el que toca bien la guitarra o canta bien, se da cuenta y no solamente se conforma con que la mamá o el papá le diga: ‘Qué lindo que está el dibujo’”, sostuvo.
El salto profesional llegó cuando decidió presentarse en una revista que, según recordó, era una de las publicaciones de mayor circulación de aquella época: Radiolandia 2000. Lo hizo prácticamente sin intermediarios y con una carpeta de dibujos bajo el brazo.
“Me presento en la revista sin entrevista y me atiende… A veces la varita, que yo siempre digo que uno tiene que ponerse debajo de esa varita, me atiende directamente el director de la revista, Francisco ‘Pancho’ Loiácono”, contó.
La reacción fue inmediata. Loiácono observó los dibujos y llamó a un fotógrafo y a un periodista. Ordóñez creyó que estaba interrumpiendo una reunión, hasta que escuchó la verdadera indicación.
“Cuando entran estos muchachos, dice: ‘Sáquenle fotos al muchacho, a los dibujos, sale una nota en página central a todo color’”, recordó.
Para él, aquella oportunidad fue como recibir una convocatoria inesperada para jugar en Primera. “Era para mí no sé, es como siempre digo: estás en la tribuna y de repente Scaloni se da vuelta y te dice: ‘Vení, entrá a jugar’. Más o menos”, graficó.
Desde allí comenzó una carrera que rápidamente lo llevó a la televisión. Apenas dos semanas después de su llegada a Radiolandia, recibió un llamado de Gerardo Sofovich para realizar caricaturas en sus programas.
“Me llamó Gerardo Sofovich para que le haga las caricaturas de presentación de los tres programas humorísticos que tenía: Operación Ja-Já, Polémica en el Bar y La Peluquería de Don Mateo”, recordó.
Sofovich también le propuso dibujar en vivo los domingos por la noche. Ordóñez aceptó y terminó trabajando durante doce años junto al productor y conductor.
Pero su relación con la televisión no quedó restringida al humor. También apareció el fútbol, otra de sus grandes pasiones. Al año de comenzar con Sofovich nació Todos los Goles, un programa que mostraba los goles de las distintas categorías del fútbol argentino cuando todavía no existía el modelo televisivo que posteriormente impondrían los grandes operadores de los derechos deportivos.
“Yo le dibujaba al invitado durante cinco años. Fue algo hermoso para mí porque era una compatibilidad entre el fútbol que me apasiona y el dibujo”, explicó.
Por delante de su lápiz pasaron figuras inolvidables. “Tenerlos frente mío: Irineo Leguisamo vino de invitado a pesar de que no es de fútbol, Pedernera, Labruna… bueno, cada personalidades que realmente para mí tenerlos frente mío: Amadeo Carrizo, Bochini, bueno, Maradona”, enumeró.
La televisión también le permitió desarrollar una modalidad particularmente exigente: la caricatura en vivo. En uno de esos segmentos debía realizar un dibujo completo en apenas cinco minutos.
“Yo tenía cinco minutos para hacer la caricatura y bueno, ahí debuté prácticamente a hacerlo en vivo”, contó.
Su debut tuvo además un detalle inesperado. Cuando ingresó al estudio, buscó una mesa de dibujo que no estaba.
“Me imaginé: ‘No, seguramente ahora se abre el piso y sale una mesa de dibujo con dos secretarias… Y si no, bajará del techo con dos cintas, dos sogas, la mesa de dibujo’”, relató.
La realidad era mucho más sencilla. “La productora dice: ‘Dale, dale, Luis, empezá a dibujar’. Digo: ‘¿Pero dónde?’. ‘Ahí parado al lado de la cámara’. Así que ese fue mi debut televisivo y fueron cinco minutos”, recordó.
No todas las caricaturas requieren esa velocidad. Cuando el trabajo es para una revista o una obra más elaborada, el proceso puede llevar horas o incluso días.
“Para revistas, que uno tiene más tiempo, la depuración que uno le haga, de acuerdo a la depuración lleva mucho más tiempo: hay trabajos que te llevan horas y hay trabajos que te llevan días”, explicó.
El material de trabajo, en cambio, puede ser mucho más sencillo de lo que muchos imaginan. “Siempre lápiz común de grafito, un lápiz HB”, detalló.
Ordóñez explicó incluso las diferencias entre las graduaciones del lápiz y cómo utiliza cada una para construir la imagen. “El HB y 2B para definir el dibujo”, precisó.
Todo comienza con el boceto, al que considera la estructura previa de cualquier obra. Después llega la técnica elegida, que puede ser pintura, acuarela o incluso trabajo digital.
“Nosotros lo que transmitimos en la escuela es tratar de enseñar todas las técnicas para que el alumno salga con una idoneidad y un profesionalismo que verdaderamente se logra y que es mérito del mismo alumno, porque se predispone a hacerlo”, explicó.
Su obra también quedó asociada a grandes figuras del espectáculo. Una de ellas es Moria Casán, a quien conoció profesionalmente durante sus años en Radiolandia.
“Moria tiene un gran sentido del humor”, afirmó.
Ordóñez recordó que aquella primera caricatura había sido particularmente exagerada. “A veces a uno lo limitan en las editoriales, te dicen: ‘A este no le des tanto, a este dale un poco más de caricatura’. Y a Moria me acuerdo que la había matado, la hice de goma, como se dice ahora”, relató.
Temió que la artista se molestara, pero ocurrió exactamente lo contrario. “Pensé que se iba a enojar y resulta que le hacen una nota y ella había enmarcado el póster que salió en Radiolandia 2000 y lo tenía pegado en donde ella hacía gimnasia y hacía sus actividades físicas”, contó.
El vínculo continuó durante los años siguientes y Ordóñez volvió a encontrarse con ella en diferentes programas. Incluso coincidieron en Miami, donde el caricaturista trabajaba en El Mikimbin de Miami, dibujando a los invitados.
Allí realizó caricaturas de figuras como Chayanne, Ricky Martin, Olga Guillot y Celia Cruz. En una oportunidad Moria llegó como invitada y terminó incorporándose al programa durante un mes.
“Un día viene de visita Moria y, por supuesto, además de dibujarla, la hacen participar de un sketch que hacían dentro del programa. Y obviamente que se comió la escena, una maravilla como es ella, y la contrataron para estar un mes”, recordó.
Su evaluación de Moria quedó clara: “Es muy buena persona. Es, vuelvo a repetir, una persona que se ríe de ella misma, que no le importa que le hagan imitaciones y además le hace frente a todo”.
Otra caricatura que recuerda especialmente fue aquella en la que representó a la actriz pelando una cebolla, en referencia a una de sus frases más famosas: “Si querés llorar, llorá”.
El universo de personajes que pasó por sus dibujos es prácticamente inabarcable. Presidentes, actores, músicos, deportistas, conductores y personalidades internacionales aparecen entre sus obras. Pero cuando un oyente le preguntó si todavía le quedaba alguna figura famosa por dibujar, Ordóñez reconoció que era difícil responder.
“En los primeros meses del próximo año se van a cumplir 50 años ininterrumpidos de profesión. Y es difícil saber a quién no hice: he dibujado a todos”, afirmó.
Entre esas figuras estuvieron presidentes de la Argentina y de otros países. Mencionó a Jacques Chirac y Bill Clinton, a quien tuvo la posibilidad de entregarle personalmente una caricatura.
Pero hay una persona a la que, pese a haber dibujado a miles de figuras, nunca logró representar como hubiera querido: su madre.
“Me costó mucho siempre dibujar a mi mamá, que hoy no la tengo por supuesto. Pero nunca… Tendría que hablarlo con algún especialista, un terapeuta especial que me diga por qué motivo nunca me salió mi viejita, nunca la pude dibujar”, confesó.
La relación entre el dibujo y las emociones aparece una y otra vez en su relato. Ordóñez asegura que cada obra continúa provocándole algo, incluso después de tantos años.
“Yo hago una línea y me emociono”, afirmó.
Esa pasión fue también la que lo llevó a escenarios internacionales. Participó en exposiciones en Canadá, Bélgica y Japón, hasta llegar a Francia, donde fue invitado al Salón del Humor de Saint-Just-le-Martel, uno de los encuentros más importantes del mundo de la caricatura.
Allí obtuvo el reconocimiento que marcaría definitivamente su trayectoria: fue elegido en dos oportunidades como mejor caricaturista del mundo.
Después llegó el Louvre. Primero participó en el Carrousel del Louvre, en París, en una muestra organizada junto al artista plástico Diego Real, donde incluso incorporó trabajos de algunos de sus alumnos. Luego llegó una invitación todavía más significativa.
“El alcalde de la ciudad Saint-Just-le-Martel, donde se hacían esas exposiciones que fui elegido dos veces, como hablaste al principio, el mejor caricaturista del mundo, en un momento me da la noticia que había interés de que yo exponga una Gioconda que habían visto, una caricatura de la Gioconda”, contó.
La posibilidad parecía increíble. “Pensé que era simplemente un sueño, una ilusión, porque nunca había expuesto un caricaturista en tan emblemático museo”, reconoció.
Finalmente, la exposición se concretó. “Para mí fue algo maravilloso estar cerquita del verdadero original de Leonardo da Vinci”, afirmó.
El recorrido internacional también incluyó España, donde fue recibido por periodistas y medios luego de una clase magistral. Sin embargo, Ordóñez siente que existe una cuenta pendiente con su propio país.
“Se dice que uno nunca es profeta en su tierra. Me gustaría hacer una exposición importante en Argentina”, expresó.
Su deseo es poder mostrar una selección de su obra en Buenos Aires y hacerlo mientras todavía pueda disfrutar personalmente de ese momento.
“Me gustaría verla a mí”, afirmó. “Perdón que soy medio tal vez… no es negativo, sino soy realista. Uno va creciendo y tengo ganas de hacerla aquí en Argentina, si es posible en Buenos Aires, por supuesto.”
La necesidad de reconocimiento local no parece surgir del ego, sino de una cuenta pendiente después de haber llevado el nombre de la Argentina a tantos escenarios internacionales.
“Me han elegido… y con vergüenza lo digo porque había caricaturistas que para mí me superaban ampliamente, y fui elegido el mejor del mundo”, señaló.
Recordó además que en Francia recibió una cobertura mediática muy importante, mientras que en Argentina el reconocimiento fue mucho más pequeño.
“Me hacían notas en todos los canales y medios gráficos de Francia. Después tuve que ir a dar una clase magistral en España, me estaban esperando el periodismo, salió en todos los diarios. Y cuando llegué a Argentina, salió un recortecito muy chiquitito en un diario”, contó.
Por eso quiere que esa exposición argentina sea en vida. “Es bueno que sea en vida, porque después no sirve. Si bien mis hijos seguramente se van a encargar de hacerla, pero me gustaría verla a mí”, insistió.
La relación con sus alumnos es otra de las grandes dimensiones de su legado. Algunos llevan más de una década estudiando con él y continúan vinculados a la escuela mucho después de haber aprendido las técnicas básicas.
“Cuando alguien estudia una carrera no ve la hora de recibirse para terminar y bueno, irte a tu casa o empezar a trabajar. Tenemos alumnos que, como bien dijo Leonel, hace doce años que estudia con nosotros, tanto él como otras personas. Ya no sabemos si darle el diploma o adoptarlo”, bromeó.
Ese vínculo se transformó en una comunidad internacional. Y Ordóñez asegura que ver crecer a sus alumnos representa una satisfacción comparable a cualquier premio personal.
“Yo tengo la satisfacción de que hay muchos dibujantes”, señaló. Incluso mencionó una estimación según la cual una parte importante de los profesionales que trabajan actualmente en el país pasó por sus escuelas.
“Se dice que hay un 60% de los dibujantes que trabajan en el país son egresados de nuestras escuelas. Así que para mí cuando veo los dibujos de ellos, para mí es una satisfacción enorme, veo que hay calidad”, sostuvo.
Para él, la caricatura fue durante mucho tiempo considerada un arte menor. Esa mirada es algo contra lo que también tuvo que luchar.
“La caricatura, es más, la Real Academia Española dice que es la ridiculización de la persona o de la cosa”, explicó.
Ordóñez no comparte esa definición. “Obviamente no estoy de acuerdo en eso”, aclaró, y remarcó que durante mucho tiempo la caricatura no recibió la consideración artística que merecía.
“Siempre fue considerado un arte menor. Y que le hayan dado tanta importancia y que vienen de tantos lugares y alumnos que bueno, gratifican mis ganas de seguir enseñando, sin duda”, sostuvo.
La relación con los grandes personajes también incluye a los presidentes argentinos. Ordóñez recuerda haberle entregado una caricatura a Carlos Menem y haber dibujado a Raúl Alfonsín, quien incluso lo recibió personalmente en su despacho.
“Me estaba esperando en su despacho para hablar de la cultura en el país, de la caricatura. Y cuando asumió me llamó”, contó.
El recuerdo que más lo sorprendió fue descubrir que Alfonsín conocía su trabajo desde hacía tiempo. “No puedo creer tener una caricatura de Ordóñez”, recordó que le había dicho el expresidente.
Ordóñez también dibujó a Javier Milei cuando todavía era panelista televisivo. “Lo dibujé a él, la dibujé a Karina y la dibujé a Sandra Villarruel, que estaban bien en ese momento los tres”, relató.
Su posición personal frente a la política, aclaró, siempre fue de respeto institucional. “Yo soy, les comento, apolítico, pero respeto la investidura presidencial de todos”, sostuvo.
En su trayectoria también atravesó momentos más complejos. Durante la última dictadura militar trabajó en publicaciones donde algunas tapas podían tener contenido político sensible.
Recordó especialmente una ilustración en la que los cuatro presidentes de facto aparecían cocinando al pueblo en una olla popular. “Yo tenía un miedo terrible”, confesó.
Finalmente, recibió un llamado para modificarla. “A la madrugada me llaman: ‘Cambiá el dibujo, cambiá los presidentes por los ministros de Economía’. Ya era un poquito más suave”, recordó.
Aunque aseguró que nunca fue perseguido, reconoció que aquella época lo llevó a tomar ciertas decisiones profesionales. “Evité muchísimas veces trabajar en medios políticos; siempre me gustó el espectáculo, el deporte”, explicó.
Entre todos esos trabajos, hay uno que resume mejor que ninguno su manera de entender la profesión. Miguel del Sel, recordó, alguna vez lo desafió durante una entrevista preguntándole si después de tantos años de carrera nunca había pensado en “trabajar”.
Ordóñez convirtió aquel chiste en una definición de vida.
“Cuando uno hace lo que le gusta, para mí deja de ser trabajo. Es algo que te gratifica”, sostuvo.
Y esa frase explica buena parte de su historia. No importa si está dibujando a un presidente, a una estrella del espectáculo, a un futbolista, a un alumno o a un personaje que solamente quedará como recuerdo de una celebración privada. Para Ordóñez, el proceso sigue teniendo el mismo valor.
“Yo hago una línea y me emociono”, repitió.
También por eso considera que el mayor reconocimiento no necesariamente está en los premios. Está en el vínculo con las personas con las que compartió su carrera.
“Yo creo que el mayor capital que yo puedo tener es que en todos los canales que he trabajado, no la parte artística, sino la gente técnica, todos me respetan y me quieren muchísimo”, afirmó.
Esa dimensión humana fue destacada también por Menéndez durante la entrevista, quien recordó encuentros compartidos fuera del estudio y señaló una característica que había observado en Ordóñez: su capacidad para escuchar.
El caricaturista coincidió: “Sí, obviamente que sí”.
Y esa manera de escuchar parece formar parte de su propia concepción del arte. La caricatura no consiste únicamente en observar una cara, sino en comprenderla, encontrar aquello que la hace particular y traducirlo al papel.
Quizás por eso, cuando Menéndez le preguntó si era consciente del legado que dejará, Ordóñez dudó.
“No sé, Osvaldo, sinceramente…”, respondió.
Sin embargo, su propia historia parecía contestar por él. Décadas de trabajo, miles de alumnos, exposiciones internacionales, premios, publicaciones, televisión y generaciones de caricaturistas que aprendieron bajo su enseñanza hacen difícil pensar que su legado todavía sea una promesa futura.
Durante la entrevista, Ordóñez habló de su hija, de la transformación de las clases durante la pandemia, de los alumnos que siguen a su lado después de doce años y de los jóvenes que incluso viajaron con sus familias para compartir exposiciones internacionales.
Para él, ese proceso es una consecuencia natural de una pasión que nunca abandonó.
“Yo siempre, y obviamente que siempre le doy las gracias a Dios, nunca creo que es por mí, que todo lo que hice fue hecho con mucha responsabilidad. A veces el talento solo no alcanza”, explicó.
Y puso el ejemplo del deporte para explicar su filosofía: tener talento no es suficiente si no existe compromiso, disciplina y responsabilidad.
“Cuando alguien dice: ‘Juega bien al fútbol, pero no cumple con el entrenamiento, no llega en los horarios’… no sirve, no rinde”, sostuvo.
En su caso, esa combinación de talento, disciplina y amor por el dibujo terminó construyendo una carrera de dimensiones internacionales. Pero después de casi 50 años, Ordóñez todavía conserva la capacidad de emocionarse con un lápiz entre los dedos.
Por eso, cuando Menéndez le agradeció la presencia y le dijo que había sido un verdadero lujo tenerlo en el programa, el caricaturista devolvió el gesto desde un lugar mucho más personal.
“Yo soy el agradecido”, respondió.
Recordó entonces que ya conocía al conductor de encuentros compartidos con amigos y que había recibido buenas referencias sobre él antes de conocerlo personalmente.
“Verdaderamente sos un gran periodista, una gran persona. Y para mí el que me hayas invitado es un verdadero honor, realmente”, expresó.
La charla terminó, pero quedaron sobre la mesa varios de los trazos que forman la historia de Luis Ordóñez: el niño que descubrió a Abel Ianiro en una revista, el alumno decepcionado por aquella eterna flor de lis, el joven que se presentó sin cita en Radiolandia 2000, el caricaturista que llegó a la televisión, el hombre que dibujó durante años a las figuras más importantes del espectáculo y del deporte, el artista que fue distinguido en Francia y llegó al Louvre, y el maestro que terminó formando a miles de alumnos.
Todos esos personajes conviven en una misma historia.
Y quizá el mejor resumen sea el que el propio Ordóñez eligió para definir su relación con aquello que comenzó haciendo de chico: “Cuando uno hace lo que le gusta, para mí deja de ser trabajo”.
Después de casi medio siglo, para él todavía sigue siendo exactamente eso: una pasión.
La trayectoria de Luis Ordóñez
Luis Ordóñez desarrolló una extensa carrera como caricaturista, ilustrador y docente. Su trabajo estuvo ligado durante décadas a medios gráficos y televisivos, y realizó caricaturas de numerosas figuras de la política, el espectáculo, el deporte y la cultura. Trabajó en publicaciones como Radiolandia 2000, El Gráfico, Crónica, Clarín, La Nación, El Informador Público y Caras y Caretas, además de participar en programas de televisión y espacios vinculados al humor y al deporte.
Su trayectoria internacional incluyó exposiciones y participaciones en distintos países y especialmente en Francia, donde fue reconocido en el Salón del Humor de Saint-Just-le-Martel. Según relató durante la entrevista, fue elegido en dos oportunidades como mejor caricaturista del mundo. También expuso una versión caricaturizada de la Gioconda en el entorno del Carrousel del Louvre, experiencia que considera uno de los grandes hitos de su carrera.
Además de su producción artística, Ordóñez desarrolló una importante tarea docente. Sus escuelas formaron a miles de alumnos y, con la llegada de la pandemia, incorporaron definitivamente la modalidad online, ampliando su alcance a estudiantes de distintos países.
Su actividad profesional también estuvo vinculada con figuras como Gerardo Sofovich, Silvio Soldán, Moria Casán y numerosos referentes del deporte y el espectáculo. En el ámbito futbolístico, uno de sus trabajos más recordados fue su participación durante años en Todos los Goles, donde dibujaba a los invitados en vivo.
Entre sus reconocimientos se encuentra además el nombramiento como Ciudadano Ilustre de Lanús, localidad de la zona sur del Gran Buenos Aires con la que mantiene una fuerte identificación. A pesar de haber expuesto y sido distinguido en distintos lugares del mundo, su gran deseo pendiente continúa siendo realizar una gran muestra en la Argentina mientras pueda verla personalmente.
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