Mariana Galufa: “Vivimos en un ecosistema donde si no integramos estamos destinados a razón contra razón y no a aprender como identidad”
Interes General enero 4, 2026La Doctora Mariana Galufa dialogó en Radio Zonica sobre la equinomancia.
“Es un aprendizaje mutuo que no termina y uno va cambiando sus percepciones en el camino de la salud, desde lo que es la consciencia en la comunicación entre el humano y el animal, con la naturaleza. Desde lo que significa integrar las diferentes terapias de la medicina tradicional y la holística. Cuento porqué surge el nombre de equinomancia, la realidad es que la vida nos va entrenando, por lo menos a nuestra generación a través de momentos difíciles, quizás, a través del trauma. Uno, por medio de esas cosas, decide ir por uno u otro camino y opta por tomar su propio poder o quedarse en un estado de víctima o decir porqué esto a mí. O bien empezar a ver la vida que te empieza a poner sentidos o propósitos, que es como el GPS de la vida. Yo fui empresaria, tuve laboratorios de diagnóstico pero la via me llevó por otro camino porque tengo una hija de 31 años que por su enfermedad me decían que no iba a poder caminar ni ver. Y eso no lo cuento desde el lado de la lástima sino desde cómo uno se puede posicionar en la vida. En vez de entregarle el poder al otro y a los otros empecé a tratar de hacerme preguntas y a tratar de tener mi propio sentido común, y ahí empecé a estudiar ciencias en el año 1997. Empecé a ver otro universo”, ilustra la médica veterinaria la Dra. Mariana Galufa sobre su relación con los caballos y los beneficios de la equinomancia.
En ese marco, la etóloga agrega que esa elección “fue marcando un camino. Tuve tres hijos, los tres son maestros y la vida es maestra, todo el sistema responde. Entonces empecé un camino. La profesión es un título que te da una base muy fuerte, en mi caso con la biología y la medicina que la amo, para mí está todo el secreto en la biología y en la naturaleza pero después uno empieza a ir por diferentes caminos donde estudias Coach ontológico, Constelaciones, Bioneuroemoción, PNL, Sistémica. Después desde diferentes culturas como el yoga o prácticas de medicina natural de la vida. Fui tomando y tomando, haciendo un camino durante muchos años, con lo cual cuando me vuelvo a mudar a mi ciudad natal, Tandil, porque Sofi nace allá pero luego nos vamos a Pehuajó, y cuando me vuelvo a mudar acá, me incorporo a una fundación donde trabajé muchos años como equinoterapeuta. Además fui parte de la gestión de un montón de cosas donde absorbimos un montón de conocimientos. Primero empecé como veterinaria holística con los caballos haciendo medicina equina oriental en caballos overos en Capilla del Monte. Allí empecé a ver otro universo en cuanto al trato de cómo conocer al caballo. Con grandes referentes como el doctor Mario Soriano que está en Valencia, es decir, me fui formando en ambos lados. Por un lado como terapeuta holística con equinos y por otro lado en la relación humano animal desde desde la equinoterapia. Al ser equinoterapeuta durante muchos años en una fundación empezamos a ver y a incorporar un montón de conocimientos diferentes a los que se aplican actualmente”.
“También hicimos una gestión asociada con la universidad, me recibí en la Universidad Nacional del Centro, en la Facultad de Ciencias Veterinarias donde tienen una apertura muy grande, y ahí junto a la fundación estuvimos dictando clases de lo que es anatomía en movimiento, equinoterapéutica, cambiando los paradigmas de los aprendizajes. Luego de un tiempo a raíz de motivos personales y porque empecé a notar que desde la capacidad, y no sólo desde la discapacidad, y también desde la condición, tanto por lo que le pasaba a mi hija como a otros chicos, empecé a ver que si la familia no estaba incluida en ese camino… hay palabras trilladas, porque la sanación es personal, no sana ni Mariana ni los caballos, es el camino personal de cada uno. Lo que sí empecé a comprender que si todo el sistema y los roles no estaban ordenados ese niño era un ratito que tenía una posibilidad pero luego volvía al entorno habitual, ese niño o adulto porque también trabajamos con niños abusados, o sea en situación de guarda, con adultos mayores, con presidiarios. Es decir, tengo una amplia experiencia en tratar con diferentes sectores ya sea vulnerables o no. Eso me enriqueció muchísimo y aprendí un montón, fue muy recírpoco porque te abre un mundo, razón por la que por mucho tiempo estuve peleada con la medicina tradicional, hasta que me dediqué a la holística”, explica Galufa.
“Y empecé a ver desde lo macro que en el mundo seguimos peleados, estamos de un lado y del otro. El tema es en qué punto nos podemos encontrar ya sea en la medicina y en todo lo demás que no es medicina, en lo que es salud porque somos un sistema, vivimos en un ecosistema donde si no integramos estamos destinados a razón contra razón y no a aprender como identidad. Entonces toda esta historia de mi vida personal donde aprendo todos los días pero no quiere decir que ya esté lista, para nada, porque cada día es un desafío y con todas estas terapéuticas que aprendí. Otro punto es que no me quise encasillar por ejemplo con coaching con caballos porque es mucho más que eso, lo que se produce en un encuentro y que no siempre tiene que haber una discapacidad porque todos estamos atravesados por diferentes emociones. Lo que sucede es que nuestro sistema nos automatiza, estamos en modo trámite, y le ponemos mucha mente y poco corazón. Todo esto nos lleva a estudiar el mundo de las energías, la física cuántica, a conectarme con personas que la vida me presentó, que lo manifesté y que lo decreté. En algún punto todas las terapéuticas con o sin caballos, los que estamos en este mundo es acceder al inconsciente y como decía Carl Jung, cuando uno puede acceder a la información del inconsciente que está dormida, lo que uno hace es habiltarla para que ese inconsciente no comande tu vida y destino porque nosotros somos parte del problema y la solución”, concluyó la terapeuta integral.
El poder terapéutico de los caballos: “Reducen el estrés y regulan nuestras emociones”
Antonia Indart es especialista en terapias asistidas con equinos y explicó cómo el contacto con animales puede cambiar la vida de las personas, desde la infancia hasta la adultez.
Antonia Indart, reconocida instructora de equitación y especialista en terapias con equinos, afirmó que “el caballo tiene el corazón cinco veces más grande que el nuestro y nos envuelve con sus ondas electromagnéticas: es sanador”.
Y explicó que esta capacidad única permite a los caballos ejercer un efecto positivo y terapéutico en las personas, beneficiando tanto la salud física como la mental de quienes interactúan con ellos.
En este contexto, la especialista y madre del periodista Ramón Indart, profundizó sobre los efectos concretos que genera el contacto con los caballos en quienes sufren estrés, ansiedad o problemas emocionales, y cómo la ciencia ha comenzado a respaldar con estudios lo que durante siglos fue una percepción empírica de jinetes, profesores y amantes de los equinos.
A lo largo de la entrevista, recorrió la historia ancestral del vínculo entre el ser humano y el caballo. “Los caballos están en el mundo hace 50 millones de años”, remarcó la experta. “Están con el hombre desde la época de la piedra. Primero, las yeguas fueron usadas para amamantar a los niños. Después, los caballos se convirtieron en amigos, compañeros de juegos, y más tarde en aliados de guerra y conquistas. Si no hubiera sido por los caballos, muchos de los grandes hitos de la humanidad no hubieran ocurrido”, afirmó, citando ejemplos como el caballo de Troya y la relación de Carlos Magno con “el Bucéfalo”.
Al abordar su propia relación con los caballos, Indart narró cómo, desde temprana edad, los animales marcaron su vida. “Desde los 9 años, cuando por un problema de salud me dejaron sola en el campo de una tía abuela, mi compañera era una yegua; lloraba con ella, hablaba, me iba con ella”, recordó.
Esa conexión fue tan significativa que, según la instructora, nunca volvió a separarse de los caballos: “Cuando uno conoce lo que el caballo te da, después no te querés separar; te da felicidad, seguridad, autoridad”.
La especialización de Indart en terapias asistidas con equinos y coaching asistido con caballos la llevó a profundizar además en la utilización de los caballos en el deporte y la rehabilitación.
“He sido amazona en salto, prueba completa, adiestramiento. También soy jueza, incluso de paracueste y equinoterapia. Y de mi experiencia con niños y adultos, puedo asegurar que quien se acerca a un caballo, tiene otra vida”, sostuvo. “He detectado problemas en los chicos que los padres no notaban. Hay chicos que resultaron ser disléxicos o que tenían otras dificultades detectadas a partir del contacto con los caballos. El entorno ayuda a sacar a la luz todo lo que, desde el inconsciente, está oculto”.
La especialista destacó cómo el avance de la ciencia permitió fundamentar hoy muchas de las sensaciones y experiencias vividas a lo largo de décadas.
“No es magia, ni invento: el caballo tiene un corazón cinco veces más grande que el nuestro y emite ondas electromagnéticas —describió—. Cuando nos acercamos a un caballo, esas ondas nos envuelven y nuestro corazón empieza a latir como el suyo. Se nos baja la presión, segregamos endorfinas, baja el estrés y nos sentimos mejor”.
Asegura que este fenómeno ya fue abordado por institutos y universidades de renombre. “En un instituto de Harvard, un médico neurólogo que estudió a fondo cómo se vincula nuestra energía con la del caballo. Cuando nuestro corazón se sincroniza con el del animal, nuestra mente baja a nuestro inconsciente, que en su mayor parte desconocemos. El caballo es capaz de sacarlo a la superficie y ayudarnos a curar aquello que ni siquiera comprendemos racionalmente”.
El proceso de sanación, según la mirada de Indart, no requiere ninguna preparación especial en el animal ni tampoco años de relación. “No es necesario tocarlo siquiera —explicó—. Solo acercarse al caballo y dejarse envolver por esa energía”.
En su testimonio personal, recordó momentos de su infancia cuando “tenía reuma infeccioso y no podía ir al mar ni tomar humedad. Me dejaron en el campo, en González Chávez, provincia de Buenos Aires, y fue una yegua mi compañera inseparable. Si no hubiera sido por esa yegua, no sé qué habría sido de mí”.
Luego de esa primera experiencia, el contacto con los caballos se mantuvo como una constante fuente de bienestar, asegura. “Vivía cerca del hipódromo de San Isidro y me iba en bicicleta a ver a los caballos en las caballerizas. Desde entonces, sentí toda la vida esa conexión”.
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