Tamara Paganini: “Yo sé que la vida me tiene preparada un montón de mierdas, pero también sé que nadie me puede matar”
Espectáculos septiembre 29, 2026La ex Gran Hermano pasó por El Show de Gerard, por Zónica + y habló de su experiencia en la casa, el éxito, el rechazo, el teatro, su infancia y su regreso al reality.
Tamara Paganini volvió a hablar de una historia que, en muchos sentidos, comenzó mucho antes de que las cámaras de Gran Hermano la convirtieran en una figura conocida. En una extensa entrevista con Gerard, conductor de El Show de Gerard, por Radio Zónica y Zónica+, recorrió algunos de los momentos más importantes de su vida y recordó experiencias que marcaron su personalidad, su relación con los medios y también su manera de enfrentar las adversidades. La actriz y ex participante del primer Gran Hermano argentino habló de su llegada accidental al casting del reality, de la enorme exposición que sufrió después de salir de la casa, de su paso por el teatro, de su relación profesional con Gerardo Sofovich y René Bertrand, de las dificultades económicas que atravesó cuando decidió alejarse de los medios y de las situaciones que vivió durante su infancia.
Paganini también recordó cómo fue entrar por primera vez a la casa en 2001, cuando el formato todavía era completamente desconocido para el público argentino. Según contó, su llegada al reality ocurrió casi por casualidad. Su entonces novio había visto una publicidad y decidió anotarse. Ella lo acompañó a un casting porque el lugar le quedaba de paso hacia la casa de su madre y llevaba varios bolsos de ropa que iba a donar. No tenía intención alguna de participar. Sin embargo, una situación aparentemente insignificante terminó modificando el rumbo de su vida.
“Yo no sabía ni qué carajo era esto”, recordó sobre aquel momento. La primera persona que la atendió le indicó que, como no estaba anotada, debía retirarse. Tamara se fue con sus bolsos y su particular actitud desafiante, pero a los pocos minutos otro integrante del equipo apareció y le preguntó por qué no quería hacer el casting. “Me dice: ‘Bueno, pero qué lástima, porque abajo está tan fresquito, acá hace un calor’. Y me hizo reír y le dije: ‘Tenés razón, vamos a hacer el casting’”, relató.
Así comenzó una experiencia que terminaría convirtiéndola en una de las participantes más recordadas de aquella primera edición. Paganini llegó a la final junto a Gastón Trezeguet y se convirtió rápidamente en uno de los personajes centrales del programa. Su personalidad directa, su forma de hablar sobre sexo, su pasado como stripper y una actitud que rompía con los estereotipos femeninos de aquel momento la transformaron en una figura particularmente visible.
“Daba más audiencia verme a mí que a otras chicas”, afirmó al recordar aquella etapa. Y explicó que, para la época, su manera de mostrarse resultaba disruptiva. “Había sido stripper, era muy sexy, puteadora, hablaba de sexo sin pelos en la lengua. Mi forma de pensar y mi forma de moverme en la vida no era aceptada para una señorita en esa época”, sostuvo.
A diferencia de lo que suele suponerse sobre los realities, aseguró que su comportamiento no estaba guionado. “No, para nada”, respondió cuando le preguntaron si desde la producción le indicaban cómo debía comportarse. También explicó que, durante el primer Gran Hermano, recibió una única intervención externa especialmente delicada, cuando la producción tuvo que romper el aislamiento debido a una situación que afectaba a su familia.
Paganini recordó que había realizado declaraciones sobre personas vinculadas con su barrio y que, como consecuencia, familiares suyos habían comenzado a recibir amenazas. “Gran Hermano me llamó al otro día al confesionario y me dijo que por causas de fuerza mayor iba a tener que romper el aislamiento y contarme que afuera a mi familia la estaban amenazando”, relató.
La producción, según explicó, buscó una manera de permitirle hablar del tema sin revelar directamente lo que estaba ocurriendo. Para eso, estableció un tópico especial durante una de las conversaciones que los participantes mantenían en el confesionario. Todos debían hablar sobre un determinado asunto, pero Tamara sabía que aquella consigna había sido pensada para que pudiera expresarse y revertir algunas de las cosas que había dicho anteriormente.
La experiencia de aislamiento también estuvo atravesada por situaciones inesperadas. Una de ellas ocurrió cuando inhaló accidentalmente ácido muriático dentro de la casa. La participante contó que había confundido un bidón con lavandina y, al acercarse para olerlo, descubrió que se trataba de otra sustancia. “Cuando abro el coso, le pegué una olida encima y empezó a salir como humito. ¡Ah, era ácido!”, recordó entre risas.
La situación, sin embargo, fue seria. “No podía respirar, no podía respirar. Salieron corriendo. Me acuerdo de la imagen de Gastón golpeando así el confesionario. Fue tremendo, pensé que me moría”, relató. Según explicó, la producción observaba permanentemente a los participantes a través de las cámaras y también desde los espacios que rodeaban la casa. Aquella experiencia le permitió describir de manera muy gráfica el nivel de vigilancia al que estaban sometidos.
El baño, uno de los espacios que durante años generó curiosidad entre los espectadores, también fue motivo de conversación. Paganini reconoció que saber que había cámaras y personas siguiendo lo que ocurría podía resultar incómodo. “En el primer Gran Hermano, en el 2001, estuve como cinco días sin poder ir de cuerpo”, contó, y explicó que la conciencia de estar siendo observada hacía difícil incluso realizar las actividades más íntimas.
Pero la historia de Tamara no comenzó con Gran Hermano. Mucho antes de la televisión, hubo una infancia marcada por mudanzas, dificultades económicas, vínculos familiares intensos y experiencias que ella misma considera difíciles de explicar. “Me mudé como 25 veces en mi vida”, contó durante la entrevista.
Uno de los vínculos más importantes de aquellos años fue el que mantuvo con su tía Nora. Paganini explicó que durante una etapa de su adolescencia estuvo repartida entre la casa de sus padres y la de su tía, con quien tenía una relación muy cercana. “Mi tía Nora no tenía hijos. Me fui a vivir con mi tía Nora y, ponele, los fines de semana iba a visitar a mis viejos”, relató.
Según su propio relato, aquella relación estuvo atravesada por momentos muy felices, pero también por experiencias que recién con el paso del tiempo comenzó a comprender de otra manera. Entre ellas aparece una etapa de su infancia vinculada con una comunidad o institución a la que llegó cuando era muy pequeña.
Paganini explicó que en aquel lugar todos llamaban “el Maestro” al hombre que estaba al frente. Vivían varias familias juntas y existían determinadas reglas de convivencia, entre ellas la prohibición de mantener contacto con familiares externos. “Los niños no podían salir de ahí. O sea, tuve que dejar de ver a mi familia. Y yo tenía 7 años, ponele”, recordó.
La explicación que recibían estaba vinculada con una supuesta contaminación de las energías o del aura. “Nosotros éramos puros. Estábamos en otro nivel, en otra vibración”, relató, describiendo una estructura que, según dijo, en aquel momento no interpretaba como una secta.
Una de las escenas más llamativas de aquella etapa ocurrió cuando su tía Nora apareció inesperadamente en la puerta. Tamara, que tenía prohibido abrirla, decidió hacerlo. “Abrí así: ¡mi tía Nora!”, contó. Su tía le propuso acompañarla a Mar del Plata y, según recordó, terminó llevándosela de manera repentina. “¡Pum!, me agarró de la mano y me secuestró”, dijo entre risas.
Con el tiempo, la relación con aquella institución terminó disolviéndose. Paganini también recordó que en el lugar había un enorme galpón donde se acumulaban televisores, equipos de audio, autos y otros objetos que entraban y salían permanentemente. Ya de adulta, dijo, comenzó a preguntarse sobre el origen de aquellas cosas, aunque aclaró que no conoce con certeza qué ocurría allí.
La infancia de Tamara también estuvo marcada por aventuras que hoy parecen imposibles. Una de ellas fue el viaje que realizó siendo muy pequeña junto a una prima para asistir a un recital de La Torre en Córdoba. Como no tenían dinero, decidieron subir clandestinamente a un tren.
La aventura terminó siendo mucho más peligrosa de lo que habían imaginado. “Nos iban a bajar del tren en cualquier lugar entre Buenos Aires y Córdoba, donde parara”, contó. Un grupo de jóvenes que viajaba con ellas les indicó que no podían quedarse allí y terminó ayudándolas a pasar de un vagón a otro por el exterior del tren, mientras este se encontraba en movimiento.
“Fuimos del lado de afuera del tren agarradas”, relató. Según calculó, tenía alrededor de 11 años. “Yo a veces me acuerdo de cosas que hice y me agarra como una cosa en las rodillas que digo: ¿cómo me animé?”, confesó.
La aventura tuvo consecuencias familiares. Su padre había sido informado de que la niña había desaparecido y, cuando finalmente fue localizada en Córdoba, la policía intervino para trasladarla de regreso a Buenos Aires. Tamara recordó con humor y emoción el reencuentro con su madre: “Vino corriendo así y medio que quedó así, ¡pam!, me pegó un cachetazo y después me abrazó”.
Otra parte de su adolescencia estuvo vinculada con el consumo de drogas y con la necesidad de construir una identidad que le permitiera sentirse protegida dentro de determinados ambientes. Paganini explicó que comenzó a relacionarse con personas de distintos barrios y que, en buena medida, buscaba pertenecer y generar una imagen de fortaleza.
“Yo supongo que era por pertenecer, por rebeldía, por querer hacer lo que mis viejos siempre decían que estaba mal. Pero más que nada por pertenecer. Para dar miedo, yo quería dar miedo”, reconoció.
Su aspecto físico, según contó, no coincidía con el personaje que intentaba construir. “Yo era una lagartija, era toda así flaquita, encima era rebonita, o sea, no daba miedo a nadie”, dijo. Entonces comenzó a utilizar ropa, maquillaje y accesorios para construir una imagen más intimidante.
Aquella transformación, paradójicamente, terminó ayudándola a desarrollar una personalidad mucho más extrovertida. “Eso me sacó un montón de cosas y me preparó para el futuro”, sostuvo, especialmente al recordar lo que ocurrió después de su salida de Gran Hermano.
Porque si entrar al reality había sido inesperado, lo que ocurrió cuando las puertas de la casa se abrieron fue todavía más difícil de procesar. La exposición pública se convirtió en uno de los momentos más traumáticos de su vida. Paganini contó que sufrió agresiones verbales, físicas y psicológicas en la calle y que, en muchos casos, las personas que presenciaban esas situaciones se reían en lugar de intervenir.
“En el 2001, a mí me gritaban en la calle y el resto de las personas que estaban en la calle se reían”, afirmó. Para ella, la diferencia con el presente tiene que ver con una mayor conciencia social sobre determinados comportamientos y con la existencia de mecanismos de cuestionamiento público que entonces no estaban tan instalados.
La situación se agravaba, según explicó, por el tratamiento que algunos medios realizaban sobre su figura. “Los medios de comunicación insinuaban cosas de mí que no eran, y a raíz de eso me atacaban en la calle. Era como que se retroalimentaba todo”, relató.
La popularidad, además, no significó necesariamente estabilidad económica. Después de abandonar el circuito mediático, Paganini atravesó momentos de enorme dificultad. Recordó que llegó a no tener dinero para comer y que en una oportunidad tuvo que recurrir a comida que había encontrado en la basura.
La decisión de alejarse de los medios tuvo un costo. “Yo quería ir a mi casa, o sea, quería que eso pase, quería hacer así y que haya sido una pesadilla”, describió, haciendo referencia a su deseo de recuperar una vida cotidiana alejada de la exposición.
Según explicó, tuvo oportunidades para continuar vinculada con la televisión, pero decidió no hacerlo. Tampoco quiso aceptar determinadas condiciones que implicaban mantener una relación constante con los medios. Esa decisión la llevó a atravesar años económicamente muy difíciles.
Uno de los episodios que recordó ocurrió después de su participación en Gran Hermano, cuando fue convocada para grabar una escena vinculada con Chiquititas. Según relató, le propusieron que después de bailar se sacara la pollera y realizara una performance con música sensual. Tamara se negó reiteradamente.
“Quinientas veces le dije que no”, afirmó. Incluso Gastón Trezeguet, que estaba con ella, intervino para dejar claro que la decisión era definitiva. Sin embargo, cuando llegaron al piso, la situación volvió a plantearse. Paganini interpretó que estaban intentando aprovechar el contexto para hacerla cambiar de opinión.
Finalmente, frente a las cámaras, volvió a negarse. “No, no, no puedo bailar”, recordó que respondió. Cuando le preguntaron por qué, fue directa: “Porque no quiero”.
La escena se convirtió, de alguna manera, en una muestra de una característica que la acompañaría durante toda su vida pública: la decisión de sostener sus límites aun cuando eso tuviera consecuencias.
Su llegada al teatro también fue producto de una circunstancia inesperada. Después de mudarse a Córdoba y atravesar una etapa de dificultades económicas, comenzó a participar en una obra llamada Bombones y champán. René Bertrand la había conocido años antes y le propuso reemplazar a Anabel Cherubito.
Paganini nunca había imaginado que iba a actuar. De hecho, contó que ni siquiera había tenido una relación cercana con el teatro. Sin embargo, Bertrand insistió. “Me dijo: ‘No, boluda, vos sos buena, sos histriónica, dale, animate’”, recordó.
Tuvo apenas dos días para aprender el texto antes del estreno. “Me estudié la letra, que no sabés lo que me costó, y a los dos días estrené”, contó.
El miedo fue enorme. “Me temblaba todo el cuerpo”, recordó. Pero descubrió que tenía una capacidad que luego sería fundamental: la improvisación. Cuando olvidaba parte de la letra, podía resolver la situación sobre el escenario.
Bertrand se convirtió entonces en una figura fundamental en su formación teatral. “René me enseñó a pisar un escenario. Me enseñó a pararme derecha en el escenario”, contó. También le enseñó a superar el miedo y a entender que, una vez arriba del escenario, tenía que asumir que el público estaba allí para verla.
Más adelante, durante una temporada en Carlos Paz, fue convocada por Gerardo Sofovich. La propuesta, lejos de entusiasmarla inmediatamente, le generó temor por las historias que había escuchado sobre el reconocido productor.
Paganini recordó que había escuchado versiones sobre supuestos comportamientos inapropiados, maltrato y conflictos. “Yo voy a terminar mal, porque yo lo voy a cagar a palos”, pensó en aquel momento.
La realidad, según su relato, fue muy diferente. “Nunca me tiró los perros, siempre con respeto”, afirmó. Sí tuvieron una discusión fuerte en algún momento, al punto de insultarse delante de otras personas. Tamara quedó convencida de que había sido despedida y al día siguiente no fue al ensayo.
La escena posterior quedó grabada en su memoria. Cuando llegó al teatro, encontró a Sofovich sentado solo en una mesa. Se miraron y, según relató, intercambiaron un gesto de enojo antes de terminar riéndose. “La verdad que siempre, nunca jamás me maltrató”, afirmó.
Paganini incluso defendió la exigencia de Sofovich con los actores. Según explicó, muchas veces lo había visto retar a personas que no habían estudiado sus textos o que no respetaban el trabajo escénico. “Yo sería peor que Gerardo”, reconoció, al explicar su propia relación con la disciplina teatral.
“Si no tenés respeto ni por el teatro ni por el escenario, no tenés respeto por mí. ¡Andate! ¡Andate, ponete una verdulería, no sé!”, dijo entre risas, dejando en claro hasta qué punto considera importante el compromiso de quienes trabajan en escena.
Con el paso del tiempo, su relación con Gran Hermano también atravesó distintas etapas. Después de la primera edición inició una extensa batalla judicial contra distintas empresas vinculadas con el formato. “Terminé haciéndole juicio a 14 empresas”, contó.
Durante años estuvo enojada con la producción y con todo lo que había vivido. Sin embargo, mientras comenzaba a escribir un libro sobre su experiencia, empezó a modificar esa mirada. El proceso de escritura, según explicó, la ayudó a revisar situaciones que durante mucho tiempo habían quedado abiertas.
“Escribiendo el libro también seguí entendiendo cosas”, sostuvo.
En ese contexto recibió una llamada inesperada: la invitaron a participar nuevamente de Gran Hermano por el aniversario de los 25 años del formato. Lo que más la sorprendió no fue la propuesta, sino su propia respuesta.
“Nunca, Gerard, te juro, me hubiese ocurrido que me iban a llamar para entrar a Gran Hermano, y nunca se me hubiese ocurrido que yo iba a decir que sí”, confesó.
Volver a la casa significó para ella enfrentarse nuevamente con un lugar que había sido determinante en su vida, pero desde una perspectiva completamente diferente. “Nada es lo mismo: no es el mismo programa, ni la gente en la calle, la mentalidad de hoy, y yo tampoco”, explicó.
También habló de algunos de sus compañeros y de la relación que conserva con varios de ellos. Según contó, todavía se reúnen para comer juntos y mantienen un vínculo que sobrevivió a las décadas. “No dejamos de juntarnos”, aseguró.
Uno de los grandes temas personales que atravesaron la conversación fue su deseo de ser madre. Paganini reveló que soñaba con tener hijos desde que tenía apenas 12 años. Incluso desde esa edad comenzó a imaginar nombres y características para el hijo que quería tener.
“Mi prioridad no era el papá, yo quería tener un hijo”, explicó. Con el tiempo, la maternidad se convirtió en un proyecto que enfrentó obstáculos y tratamientos. Después de estudiar distintas alternativas, decidió junto a su pareja buscar un camino para concretar ese deseo.
Finalmente quedó embarazada de mellizos, una niña y un varón, algo que describió como la realización de un sueño que había imaginado durante décadas.
La maternidad y las experiencias posteriores también formaron parte de un proceso de transformación personal. Paganini habló de la terapia y de la necesidad de elaborar muchas de las situaciones que había atravesado.
En ese recorrido apareció una palabra que resumió buena parte de la conversación: resiliencia. Ella misma reconoció que muchas veces se preguntó si otra persona habría podido atravesar todo lo que le tocó vivir.
“Muchas veces me pregunto si todo esto le hubiese sucedido a otra persona, ¿hubiese aguantado?”, reflexionó.
También reconoció haber atravesado momentos en los que llegó a pensar que no podía continuar. “Estuve un par de veces ahí a punto de abandonar el mundo porque no veía claro, no veía la salida”, contó.
Sin embargo, su discurso actual está atravesado por una enorme voluntad de seguir adelante. “Yo sé que la vida me tiene preparada un montón de mierdas. Yo ya lo sé. Pero también sé que nadie me puede matar. Yo soy, no sé cómo explicarte, soy invencible”, afirmó.
La frase resume buena parte de su recorrido: una mujer que atravesó pobreza, exposición pública, conflictos profesionales, agresiones, situaciones familiares complejas, dificultades personales y momentos de enorme dolor, pero que hoy interpreta esa historia como parte de un proceso que la llevó a conocerse mejor.
Durante la entrevista también habló de su mirada sobre la reciente edición de Gran Hermano y sobre algunos de los participantes que compartieron la casa con ella en su regreso. Consultada por Sol, ganadora de la edición, explicó que no le gustó su manera de jugar.
“No me gustó nunca el juego de Sol. Me parece que no todo es juego. Me parece que hacer daño no está bueno solamente por ganar”, sostuvo. Aclaró que entiende que cada participante puede elegir una estrategia diferente, pero que personalmente no comparte ese modo de competir.
También se refirió a Andrea del Boca, con quien compartió la experiencia de la casa. Paganini consideró que su presencia fue significativa porque la actriz conserva un enorme reconocimiento popular.
“Andrea del Boca era la mujer más famosa”, recordó, al hablar de la repercusión que tuvo durante décadas. Según su mirada, existe toda una generación que creció viendo sus novelas y que desarrolló una relación emocional muy fuerte con ella.
La convivencia, sin embargo, no fue sencilla. Paganini reconoció que inicialmente no simpatizaba con la actriz. “Yo al principio no la bancaba. No la bancaba a Andrea”, confesó. Convivir durante semanas, explicó, modifica completamente la percepción que se tiene de los demás.
En ese contexto también defendió la idea de que el conflicto es parte natural de una experiencia de encierro. Sin televisión, teléfonos, música ni las actividades habituales de la vida cotidiana, las tensiones pueden crecer rápidamente.
La Tamara que volvió a Gran Hermano, sin embargo, no era la misma que había entrado en 2001. Ella misma lo sintetizó al señalar que cambió el programa, cambió la sociedad y cambió ella.
“Ahora soy picante yo”, dijo entre risas.
Y quizá allí esté una de las claves de su historia. La mujer que entró accidentalmente a un casting porque acompañaba a su novio terminó convertida en una de las figuras más recordadas de la primera edición de Gran Hermano. La joven que había llegado a la casa sin saber exactamente qué era el programa terminó enfrentándose a una exposición que la desbordó. La participante que después quiso escapar de los medios volvió, más de dos décadas después, a un lugar que alguna vez había representado uno de los capítulos más dolorosos de su vida.
Ahora, mientras escribe un libro en el que promete contar episodios que hasta el momento mantuvo en privado, Paganini parece estar reconstruyendo su propia historia desde otro lugar. Ya no desde la mirada de los medios ni desde la etiqueta de “la chica de Gran Hermano”, sino desde la perspectiva de una mujer que reconoce sus contradicciones, sus errores, sus heridas y también su capacidad para levantarse.
Su historia, según dejó entrever durante la entrevista, todavía tiene capítulos por contar. Y algunos de ellos, asegura, aparecerán en ese libro que comenzó a escribir como una forma de ordenar los recuerdos y comprender aquello que durante años había quedado sin explicación.
Después de una vida atravesada por mudanzas, escenarios, cámaras, conflictos, éxitos, pérdidas, exposición y reconstrucciones, Tamara Paganini parece haber llegado a una conclusión sencilla, pero contundente: no se trata de negar las heridas, sino de aprender a convivir con ellas sin permitir que definan todo lo que viene después.
“Yo soy invencible”, repitió durante la entrevista. Y en esa frase, más que una provocación o una pose televisiva, aparece la síntesis de una mujer que decidió volver a mirar de frente una historia que durante mucho tiempo había preferido dejar atrás.
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